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Lo que sí está cambiando es su intensidad, extensión y duración.
Los incendios registrados desde mediados de junio en el oeste de Miami-Dade y los Everglades, junto con un foco que se activó posteriormente en Broward, elevaban a más de 27.000 los acres afectados al momento de escribir estas líneas. El humo ha obligado a emitir alertas por la calidad del aire en el sur de Florida, mientras el estado enfrenta una prolongada ola de calor extremo.
En uno de los casos, el fuego comenzó tras la caída de un rayo durante una tormenta eléctrica. Sin embargo, el problema no es solamente cómo se inicia un incendio, sino las condiciones que hoy permiten que se expanda con mayor rapidez.
El incremento sostenido de las temperaturas del planeta seca la vegetación, acelera la evaporación de la humedad del suelo y prolonga los períodos de sequía. Sumados al viento y a la reducción de los niveles de agua en los humedales, estos factores dificultan las labores de extinción y favorecen incendios más grandes y persistentes.
Las consecuencias alcanzan mucho más que los ecosistemas. El humo contiene partículas finas capaces de penetrar profundamente en los pulmones y agravar enfermedades respiratorias y cardiovasculares. Cuando se combina con el calor extremo, aumenta el riesgo de hospitalizaciones, deshidratación y golpes de calor, especialmente entre niños, adultos mayores y quienes trabajan al aire libre.
No todos los incendios pueden evitarse, pero muchos sí pueden prevenirse. Reducir las fuentes de ignición relacionadas con actividades humanas, eliminar vegetación seca cerca de viviendas e infraestructura y restaurar los humedales para conservar su capacidad natural de almacenar agua son medidas respaldadas por la ciencia que fortalecen la resiliencia de nuestros ecosistemas.
La ciencia también es clara en otro aspecto: el incremento sostenido de las temperaturas está creando las condiciones para que estos eventos sean cada vez más severos. No significa que los incendios no existieran antes. Significa que, cuando ocurren, encuentran un entorno mucho más propicio para propagarse y causar mayores daños.
La prevención, la preparación y la protección de nuestros ecosistemas siguen siendo las herramientas más efectivas para reducir riesgos. Cada humedal restaurado, cada fuente de ignición evitada y cada comunidad mejor preparada representan una inversión en un futuro más seguro.
Escuchar a la ciencia y actuar con decisión hoy será la mejor manera de proteger nuestras comunidades, nuestra salud y el patrimonio natural que es la identidad de nuestro estado.
Este artículo ha sido facilitado por la Fundación VoLo, una organización sin ánimo de lucro cuya misión es acelerar el cambio y el impacto global apoyando soluciones climáticas basadas en la ciencia, potenciando la educación y mejorando la salud.
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Co-fundadora y administradora de la Fundación VoLo.
"No hay futuro sin educación ambiental".
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