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Expertos alertan sobre la normalización de la supremacía blanca en Estados Unidos

Especialistas en extremismo y política señalan que ideas supremacistas, antes marginales, ahora influyen en discursos públicos, creencias religiosas y decisiones de gobierno

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Ideas supremacistas que hace apenas unos años se consideraban marginales hoy influyen en decisiones de gobierno, debates culturales, discursos religiosos e incluso políticas públicas. Cuatro voces con trayectoria en el estudio del extremismo, la religión y la política coinciden en que Estados Unidos atraviesa un momento crítico.

Un “resentimiento blanco” que se volvió motor político

El politólogo Sanford F. Schram, coautor de Hard White, situó el origen de esta corriente en una reacción profunda a los cambios sociales del país. Para él, un punto de quiebre fue la elección de Barack Obama:

“La causa inmediata fue la elección del primer presidente no blanco de la historia de Estados Unidos, Barack Obama” .

Schram explicó que figuras conservadoras ya venían incorporando versiones “suavizadas” del supremacismo blanco desde los años 80, pero que el giro se consolidó cuando “Trump lo llevó hasta la Casa Blanca en una marea ascendente de política del resentimiento blanco” .

Hoy, argumentó, más votantes blancos se ven a sí mismos como un grupo en peligro:

“Más y más personas blancas parecen ser autoconscientes sobre ser blancas… se ven a sí mismas como las nuevas víctimas”.

Del tabú al orgullo radical

El periodista Heath Druzin, creador del pódcast Extremely American, alertó que la radicalización digital ha roto límites que antes parecían sólidos:

“Hay un número alarmante de personas que se sienten bastante cómodas diciendo que les gusta Hitler, y diciéndolo en voz alta”.

Para Druzin, las redes sociales aceleraron la normalización de discursos que antes eran clandestinos:
“La subida de las redes sociales ha hecho que estas cosas pasen en meses, no en años”.

También recordó uno de los momentos más determinantes para el avance de esta retórica:
“Están trayendo drogas, están trayendo crimen, son violadores…”, citó, destacando cómo frases así abrieron la puerta a un lenguaje abiertamente deshumanizante en la política nacional.

Supremacía cristiana y supremacía blanca como ecosistema compartido

El investigador Matthew D. Taylor, Ph.D., especialista en extremismo religioso, definió el nacionalismo cristiano como:

“Una tendencia que mezcla la identidad religiosa con la identidad política y nacional, viendo al país como portador de una identidad esencialmente cristiana”.

Explicó que, desde 2015, surgieron nuevos actores que han tejido una narrativa donde figuras políticas adquieren un papel casi espiritual:

“Trump ha reclutado de manera única a una coalición que lo ve como una especie de cuasi-mesías llamado a realinear el orden mundial” .

Taylor detalló que existen tres grandes corrientes del supremacismo cristiano —católica ultraconservadora, calvinista y carismática— que, aunque distintas, convergen en ideas jerárquicas, patriarcales y profundamente antiliberales.

Cuando las ideas extremistas se convierten en leyes

El analista Devin Burghart, director del Institute for Research & Education on Human Rights, expuso la magnitud del fenómeno a través de datos:

“Movimientos importan… si quieres entender cómo esta ola de activismo de extrema derecha llega al mainstream, debes entender los afluentes políticos que alimentan ese movimiento”.

Recordó que durante la pandemia su organización identificó 2.4 millones de activistas participando en redes conspirativas y de resentimiento racial. Más grave aún, explicó que:

“Documentamos 875 legisladores estatales que habían ingresado a uno o más grupos de extrema derecha… eso crea un canal para convertir ideas del margen en política pública”.

Burghart señaló que hoy esas iniciativas incluyen leyes anti-LGBTQ, restricciones a la educación sobre racismo estructural, medidas antivacunas y normativas basadas en teorías conspirativas antes consideradas absurdas.

Transformación acelerada

Los especialistas coincidieron en que la normalización de estas ideas no es espontánea: surge de redes organizadas, infraestructuras ideológicas y nuevas formas de comunicación que amplifican extremos.

Schram lo resumió con preocupación:
“Quienes tienen altos niveles de hostilidad hacia grupos diversos son menos propensos a apoyar la democracia y más dispuestos a tolerar un líder autoritario”.

La pregunta que sobrevuela, aunque ningún experto la formuló directamente, es si Estados Unidos está presenciando el fortalecimiento de una corriente política que redefine quién pertenece, quién decide y bajo qué reglas se gobierna.

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