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Comenzó una nueva vida en Medellín lavando carros y motos

Con ocho años viviendo en Colombia, Alberto Ramos ha logrado como muchos venezolanos superar el difícil principio de la migración y hoy día tiene un empleo estable y con el que se siente feliz

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A sus 46 años de edad, Alberto Ramos Castillo comenzó una nueva vida en Colombia, llegó a Medellín en septiembre del año 2016 luego de planificar salir de Venezuela, impulsado por la Emergencia Humanitaria Compleja.

Es licenciado en Administración, mención Gerencia Industrial y luego de trabajar para Petróleos de Venezuela S.A. (Pdvsa), la principal industria petrolera de Venezuela, tuvo que lavar carros y motos en un parqueadero durante dos años en el centro de Medellín, mientras regularizaba su estatus migratorio.

La decisión de emigrar fue tomada en consenso con su familia, principalmente sus hijos, quienes, a diferencia de él, eligieron otros países de Suramérica para establecerse. Así las cosas y creyendo tener claros conocimientos y saberes sobre la migración, producto del intercambio de ideas y experiencias en las redes sociales, Alberto eligió Colombia, se hizo del dinero para vivir al menos mes y medio sin empleo y emprendió la ruta planificada.

Recuerda que se quedó corto en los conocimientos sobre las experiencias de la movilidad humana, porque la realidad superó todo eso que previamente estudió y planificó, como por ejemplo un empleo acorde a su nivel académico y edad, lo cual no llegó de manera inmediata, pero sí un par de años después de que se integró y no desistió en su objetivo de mejorar su condición laboral y personal.

Las habilidades de Alberto para lavar carros y motos, a pesar de que eso lo hacía con sus vehículos en Venezuela, no eran las mejores en comparación con sus compañeros de trabajo, jóvenes de 15 años que tenían fuerza y vitalidad. A los dos años en ese oficio, Alberto, en espera de regularizar su status migratorio, decide renunciar y dedicarse a hacer “lo que saliera”, clases particulares, limpiar solares, reparar electrodomésticos, entre otras cosas que le permitieran vivir y en esas estuvo durante ocho meses.

“Fui enseñado a trabajar, a no tenerle miedo al trabajo, a meterme en todo lo que se pudiera para poder sostenerme económicamente”, dice Alberto con la seguridad de que es así, pero también con la humildad de hacer las cosas bien, porque es de los que cree que, si Dios te lleva a un embarcadero, hay que hacer el trabajo lo mejor posible.

La oportunidad esperada

Llegó, para finales del año 2018, el esperado Permiso Especial de Protección (PEP) y Alberto comenzó a capacitarse en la ruta a seguir para encontrar un empleo formal. Durante los días de preparación le presentan la oportunidad esperada por él y a través de ese proceso fue visto y candidateado para vacantes de una reconocida empresa paisa.

Así ingresó a “La Miguería”, una industria de alimentos con varios puntos de venta que lo integró a su personal en el área de asesoría de ventas. Con casi 5 años de trabajo allí, Alberto califica la experiencia de maravillosa, no sólo por la oportunidad de empleo, sino porque descubrió en él una vocación de servicio que desconocía.

Admite sin vergüenza alguna que arreglar tortas, cortarlas y preparar café con “espumita”, con dibujitos y con mucha delicadeza, ha sido lindo y bonito.

Comenzó una nueva vida en Medellín lavando carros y motos
Créditos: Cortesía de Alberto Ramos

Con ocho años fuera de Venezuela, Alberto suma 52 de vida, una pareja sentimental colombiana y la dicha de vivir con su hija menor. No descarta emprender en un futuro para vivir, sobre todo por la edad, y aunque no hay nada definido, dice que tiene “una página en blanco, con la posibilidad de rayar cualquier cosa”.

Para Alberto, migrar intentando buscar un horizonte económico es un reto desafiante en todos los aspectos, sobre todo en el psicológico y desde su experiencia recomienda tomárselo con seriedad, organización y planificación.

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