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Turbulencias peruanas

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Decir que los habitantes de un país deben escarmentar en experiencias ajenas, puede resultar, en muchos casos, altisonante y fuera de lugar. El a veces tradicional “te lo dije” suena a presión reiterada que una vez consumados los acontecimientos se transforma, más que en una advertencia bien intencionada, en un reclamo que encierra ciertos aires de superioridad. Sin embargo, ambas ideas podrían tener cabida en la experiencia peruana de la actualidad, en la que hace apenas algunas horas, recalcando el aspecto de la temporalidad, Pedro Castillo asumió la primera magistratura, sembrando cantidad de inquietudes y resquemores que avizoran aciagos momentos para el país. 

Varios son los elementos que denotan gravedad en la coyuntura peruana, empezando por una toma de posesión en la que el ahora presidente se dedicó a prometer una cantidad de ofertas que parecieran estar alejadas de cualquier posibilidad real, empezando por un recurso retórico empleado por regímenes de similar naturaleza en la región, en torno a la necesidad de reformar la constitución para cambiar el andamiaje del Estado. Castillo, con ínfulas de grandeza y emulando a caudillos típicos del continente, da a entender que está dispuesto a ir directo a la conquista de sus objetivos, sin importarle que existan barreras legales. Experiencias parecidas, aunque algunos emiten el “acá es distinto”, evidencian la ruta a seguir.

Muchos han señalado que el error del electorado fue preferir a Pedro Castillo sobre Keiko Sofía Fujimori. Tal vez al apreciarlo de esa manera se incurre en un ejercicio simplista que deja ver que tener en ellos las alternativas a elegir podía ser una prueba fehaciente del desmoronamiento de un sistema que se erige sobre las cenizas de la política y que se nutre de un país en el que hay un Congreso altamente fragmentado, no hay partidos políticos sólidos, no existen referentes políticos, las destituciones presidenciales forman parte del léxico habitual y las instituciones colapsan entre la poca confianza y las manipulaciones coyunturales.  

El triunfo de Castillo es la ratificación de que la política no se estaba haciendo de forma adecuada. Si bien es cierto que Perú puede preciarse de ser un país en crecimiento que se da el lujo de innovar y de codearse con los grandes países del mundo, hay un rostro oculto que pareciera dejarse de lado y que tiene como característica sustancial la de una nación en la que la inequidad, los desplantes y los atrasos de ciertas zonas están a la orden del día, haciendo el terreno fértil para que los populismos puedan ofrecer transformaciones mágicas o ante la carencia del Estado, algunos sectores presionen para imponer sus opciones y hacerse con el poder absoluto.

A las pocas horas de estar en la presidencia, Castillo ha demostrado ser un personaje poco claro y que aparenta estar a merced de sectores que aspiran controlarlo y manipularlo. Un gabinete en el que hay cuestionados dirigentes y figuras con perfiles de trasnochadas militancias no deja entrever que se pueda ir hacia el entendimiento, poniendo en duda incluso el natural margen de confianza que merecería tener, antes de calificarlo. El gran inconveniente es que si Castillo y su entorno no comprenden que requieren de gobernabilidad y entendimiento para avanzar, puede quedar el país a las puertas de una coyuntura aún más caótica en el que las consignas vacías, en las que se asoman reminiscencias de realidades superadas hace décadas, no serán suficientes para frenar la debacle.

 

 

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