Vericuetos regionales

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La región pareciera estar transitando por vías y caminos de intrincados senderos en las que reivindicaciones –justas por demás- terminan desembocando en acciones caóticas, producto de factores que disponen de agendas ocultas y que infiltran las movilizaciones para generar estados de calamidad que les permita imponer sus discursos y socavar a pasos agigantados, no la tranquilidad, sino el sistema.

 

Si bien se trata de minúsculos sectores los que se dedican a destruir con saña y violencia, la situación de las principales ciudades chilenas, colombianas y ecuatorianas, durante las protestas, deja en el ambiente la capacidad que tienen unos pocos de alterar el orden establecido, desvirtuando completamente las protestas que bajo la excusa de peticiones concretas –independientemente se compartan o no- sirvieron a la convocatoria. Decir que en los convocantes iniciales estaba el germen del caos, puede ser una generalización inadecuada. 

 

Hay de todas maneras que reseñar la respuesta de los gobiernos de Chile, Colombia y Ecuador para plantear que es preciso escuchar a las disidencias y que los que protestan en paz, tienen posiciones que se torna necesario respetar. Se aplaudan o no las posiciones de los mandatarios de esos países, el hecho de declarar que hay sectores que requieren atención y que tienen que proponer en torno a la conducción de sus países, es una lección de alta política. 

 

Los sectores que protestan tienen el imperativo de desmarcarse de los que actúan con violencia y reconcomio. Si quieren que sus objetivos calen en la población y sus planteamientos puedan tener incidencia, es fundamental separarse de los que se mueven únicamente para destruir. Quemar sistemas masivos de transporte, atentar contra el comercio, incendiar bancos, profanar iglesias, destruir universidades, arremeter contra instituciones públicas, vulnerar la propiedad privada (incluyendo a familias de escasos recursos) e incluso –además de la torpeza y el peligro que representan- atacar estaciones de combustible no tiene nada de reivindicativo, sino que esconde en su acción la promoción al odio y al ejercicio de la antipolítica.

 

Aunque suene peculiar, la situación que se presenta puede servir para empujar a las sociedades hacia etapas mucho más estables en las que se imponga la madurez política. Lamentablemente, observar que la destrucción campea a sus anchas, hace presagiar que épocas pasadas pueden regresar y que lejos de crecer, los países puedan empezar a recorrer los caminos fatídicos de otros países de la región en los que el personalismo, la autocracia y la corrupción ahogaron cualquier atisbo de cambio, si es que alguna vez lo hubo.   

 

 

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