El ocaso de los tiranos

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Se encarga la historia en la gran mayoría de casos, de hacer que los que mancillaron la dignidad
y la condición humana, sean señalados. A veces, el destino actúa con benevolencia, creen
muchos, y hace que los tiranos sean olvidados, sin entender que para unos sujetos que pasaron su
vida explotando su figura y promocionándose, no ser recordados ya es un castigo. Otros, por el
contrario, son perseguidos hasta la eternidad por su proceder y crueldad.

El repudio es mayor para los que usufructuaron el poder cuando sustentaron sus acciones en una
perversa lógica que los llevaba a erigirse como abanderados del pueblo. Su retórica panfletaria
impulsó a algunos a atropellar en nombre de revoluciones, cuyo norte no era otro que
perpetuarlos en el mando enriqueciendo a sus entornos, mientras los ciudadanos de los países que
gobernaban, morían de mengua o huían.

Parte de la comunidad internacional los vio con curiosidad y a veces hasta con afecto,
minimizando el peligro que representaban, y exaltando la construcción lingüística que los erigía
como salvadores de la sociedad y paladines de la actitud contestataria. Fue tal el encandilamiento
creado en muchos -o tal vez la indiferencia- que la acelerada destrucción de sus países se asumía
como un hecho irreal y las denuncias de las atrocidades cometidas se tildaban de simples
exageraciones.
A la par del acabose del país al derrochar las riquezas, el mayor daño fue el quiebre institucional
al desmontar la estructura gubernamental y sustituirla por una realidad afín al partido de gobierno
que maneja a su antojo la legalidad, cimentando un modelo de enemistades internas y de
fidelidad absoluta, mientras se retratan con personajes de su misma calaña y temple, a los que
también les gusta culpar a otros de su fracaso.

El pasado viernes se despertó el mundo con la noticia de la muerte de Robert Gabriel Mugabe, el
opulento dictador que durante décadas controló a placer a su país, haciendo de Zimbabwe,
conocido como el granero africano, una nación de famélicos y enfermos. Había renunciado al
poder al ser presionado por sectores militares y de su propio partido, por no manejar la sucesión
con miras a satisfacer a los grupos en pugna. Mugabe no será olvidado; se recordará por haber
entregado a su país a las garras de la perdición, mientras él se enriquecía grotescamente y se
movía sobre una heroicidad que probablemente, nunca tuvo.

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