Roberto, el que lo dio todo

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“Es el más extraño bateador en el beisbol, tú lo analizas de una manera y él te destruye de otra”

Sandy Koufax sobre Roberto Clemente.

Roberto Clemente nació el 18 de agosto de 1934 en Carolina, Puerto Rico, hijo de Melchor Clemente y Luisa Walker de Clemente.

Fue un jugador especial, una estrella desde su llegada al beisbol, de la mano de Branch Rickey, el gerente que cambió la pelota para siempre cuando decidió firmar a Jackie Robinson durante su lapso como mandamás en los Dodgers.

No se equivocó con ninguno de los dos, jugadores que trascendieron al beisbol y que le dieron al juego otra dimensión que desbordó el terreno.

Clemente es líder en toda la historia de los Piratas de Pittsburgh en juegos jugados, turnos al bate, sencillos, bases totales y carreras empujadas.

Fue elegido Jugador Más Valioso de la Liga Nacional en 1966. Asistió a 12 Juegos de Estrellas entre 1960 y 1972. Campeón bate en 1961, 1964, 1965 y 1967. Ganador de 12 Guantes de Oro. Su fildeo y potente brazo hiceron que un día Vin Scully, el legendario narrador de los Dodgers, dijera: “Podía fildear una pelota en Nueva York y poner fuera a un tipo en las bases en Pennsylvania”.

Bateó por encima de .300 durante 13 campañas, dejando promedio vitalicio de .317 en sus 18 temporadas en las Grandes Ligas.

Por sus indiscutibles cualidades y herramientas, el comisionado Bowie Kuhn lo definió así el día de su exaltación: “Roberto Clemente le dio al término ‘completo’ un nuevo significado. Hizo la palabra ‘superestrella’ insuficiente”.

Ganó el premio Babe Ruth, por su actuación en la Serie Mundial de 1971, cuando empató el récord al batear imparable en los 14 juegos de las Series Mundiales de 1960 y 1971. También igualó un récord del Viejo Circuito el 8 de septiembre de 1958, al batear tres triples.

Su último hit fue el 3000, para convertirse en el undécimo hombre que alcanzó el hito, en 1972. Una narración de Felo Ramírez, su amigo y también miembro de los inmortales de Cooperstown, registró el momento. Al narrador cubano le alegraba recordar esa amistad y la inolvidable descripción del batazo de dos bases ante John Matlack.

En diciembre 1972 ocurrió un devastador terremoto en Nicaragua y Roberto Clemente resolvió llevar personalmente ayuda a las víctimas de la tragedia. Era el último día del año, noche vieja, cuando el avión en el cual llevaba la asistencia cayó unos minutos después de despegar de San Juan, a pocos kilómetros de su natal Carolina, Puerto Rico.

El 6 de agosto de 1973, saltando las normas establecidas para ser habitante del Salón de la Fama del Beisbol, Roberto Clemente se convirtió en el primer latinoamericano que llegó a los altares de Cooperstown.

Como fue en el terreno fue en su vida, esta frase es un buen ejemplo de lo que llevaba Clemente en su corazón y en su mente: “Soy más valioso para mi equipo bateando .330 que bateando jonrones”.

Fue un orgulloso boricua, siempre pendiente de los suyos, de elevar el concepto que se tenía del pelotero de Puerto Rico y del Caribe.

Su primer gran ídolo fue el jugador afroamericano Monte Irvin, uno de los más sobresalientes de las Ligas Negras, varias veces lo hizo saber: “Cuando era niño, el primer héroe que tuve, fue Monte Irvin”.

Monte Irvin jugó en Cuba, cuando aún existía el beisbol profesional y también en Puerto Rico: ahí lo vio Clemente.

“El Cometa de Carolina” fue uno de los mejores del beisbol y uno de los más grandes peloteros fuera del campo. El mundo y su gente lo recuerda como él quiso: “Quiero ser recordado como un jugador que dio todo lo que tenía para dar”.

Y dio su vida.

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