Miedo al hambre

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El miedo a morir o sentido de auto preservación, como se le denomina, es ese instinto que te aleja del peligro, esa voz que grita e insta a apartarte de determinado lugar cuando la muerte está cerca.

Todos lo tenemos, es una intuición que unos tienen más desarrollada que otros, pero nacemos con ella. El miedo al hambre parece ir más allá de la auto preservación, personas que se arriesgan con tal de conseguir lo que sea que les sirva para comprar comida y llevar a sus casas.

En este caso en especial, son Los que abordan lanchas para probar suerte en el mar, y lo hacen aun a sabiendas que muchos no han regresado de esa aventura.

Las costas del estado Falcón en el occidente de Venezuela son un paraíso por su enorme belleza, el oleaje que llega a las doradas arenas adormece y calma a cualquiera, una brisa cálida constante y el azul del mar que rodea cada espacio, desde Tucacas hasta Punto Fijo.

Es difícil pensar que ese mismo mar se ha llevado a tantas personas; unos desaparecidos, otros ahogados. En todos ellos el denominador común es el mismo, llegar a Aruba y Curazao con el propósito de trabajar en lo que sea pues, con unos cuantos Florines es mucho lo que se hace en Venezuela, por una moneda nacional que pierde valor con el pasar de las horas.

DÉJAME IR A MI PAPÁ

Empezaremos por el más reciente caso. Los días previos al 4 de junio del año en curso muchos se preparaban para “el viaje” que salió repentinamente, sus organizadores garantizaban la llegada a Curazao, el costo del pasaje oscila en los 300 y 400 dólares por persona, unos tenían el dinero, otros lo prestaron, pero estaban listos para emprender el viaje.

Giovanny García abrió las puertas de su modesta casa, su voz se sentía agitada y hablaba muy rápido, quizás el enorme interés que tenía en contar su historia. Era latonero pero la crisis hace que en Venezuela a muchos le importe poco la estética de su vehículo, lo importante para la mayoría es comer. El negocio cayó y por eso decidió hacer lo que muchos, viajar hasta Aruba o Curazao. Sentado entrelazando los dedos de sus manos, contaba como la embarcación donde viajaba su hijo y otras 31 personas, simplemente desapareció, convirtiéndose en una estadística más de los casos de desapariciones en el mar.

Aguantaba las ganas de llorar, quizás no quería mostrar sus sentimientos ante extraños, pero le fue difícil, sobre todo cuando contaba que el puesto en esa lancha llevaba su nombre, pero por la insistencia de su hijo y el embarazo de su nuera, hizo que cediera el puesto, “de saberlo jamás lo habría hecho” dijo, su hijo de 19 años es su vida y fue lo que le quedó de su divorcio hace unos años atrás.

No es difícil caminar por La Vela de Coro y encontrar historias tristes y casos terribles de estos balseros, que deciden irse buscando lo que ya Venezuela no ofrece desde hace tiempo: posibilidades y calidad de vida.

VIAJE MORTAL DESDE EL INICIO

Desde hace más de 4 años hacemos las historias de los balseros y como es su viaje, hablamos con varios que sobrevivieron a la aventura y en todos ellos, el patrón es el mismo. Los organizadores de esos “viajes” se cuidan mucho, hacen ir en tierra firme a los pasajeros hasta un punto de la costa de Falcón, San José de La Costa y Sabana Alta son más frecuentes, aunque cualquier lugar es bueno que permita burlar, no a las autoridades venezolanas, sino a las de Aruba y Curazao.

Les ha tocado esperar durante días en una zona enmontada mientras las condiciones de navegación sean óptimas, no haya moros en la costa, para ser más claros. Luego toca embarcarse, a veces son tantos los pasajeros que deben quedarse algunos, los bajan por la proa de la pequeña lancha y se montan por la popa durante un descuido, es una desesperación por abordar.

Ya navegando toca salir a toda marcha pero en aguas internacionales deben ir muy lentamente, para no ser detectados por los radares. De tener suerte y pasar la vigilancia de las Antillas Neerlandesas, son dejados a pocos metros de la playa, deben lanzarse al agua y nadar hasta lo que será su sitio de trabajo por unos meses. Ya en la playa, empieza el plan de mimetizarse con el resto de la población, usar ropa seca y caminar para no ser detectados por la policía, es una cárcel segura lo que les espera de ser vistos, y esa custodia es mientras sus familiares en Venezuela, reúnen el dinero para el pasaje de retorno. Muchos contaron como deben cuidarse de las piedras filosas en la orilla, cortarse impide trabajar y esto no es una opción.

MAS MIEDO DA EL HAMBRE

La casa de Eberth Flores es de barro y la mostró completa, desde la cocina hasta la sala donde amablemente habló para contar su historia y la de la familia. Tiene 22 años y ha viajado tres veces, fue detectado y deportado en una de esas oportunidades. Sentado en una silla de madera apoyaba sus codos en la mesa y allí respondía a una inquietud que quizás tienen muchos de quienes leen esto.

¿Cómo a sabiendas del peligro deciden abordar una lancha? Esa pregunta no faltó para él, parafraseando un poco su respuesta se puede entender por qué lo hacen. Me da miedo ver a mi familia quejarse por hambre, cuando no hay nada que comer y no sabemos cómo explicarles a los más pequeños porqué no hay comida o no hay trabajo, eso me hace perder ese miedo a embarcarme, el miedo al hambre.

La comida analizando un poco, es un elemento fundamental para toda familia, no tenerla simplemente acaba con el entorno familiar, lo fragmenta, o peor aún, lo diezma, tanto por la inanición o por la desaparición en una de esas lanchas. Cuando pequeños muchos quizás discutían cual es la peor forma de morir, por quemaduras en un incendio, inmersión, asfixia.

En los años haciendo trabajos de la crisis venezolana, notamos que la peor forma de morir, y la más inhumana, es de hambre, el cuerpo ante la ausencia de comida se consume lentamente a sí mismo, y ese proceso puede tomar semanas, meses, hasta diezmar a la persona a tal punto que reconocerla sea difícil, hasta por sus más allegados, luego llega la muerte. Quizás ese sea el miedo al que se refiere Eberth.

UN PRECIO MUY ALTO

Desde la desaparición Suheidy Cumare camina por cada rincón de su pequeña casa, menos por el cuarto de hijo de 17 años de edad quien iba en esa lancha por una razón muy grande, embarazo a su novia y necesitaba hacer dinero para el parto y los gastos del bebé. La desconsolada madre recordaba cada palabra que decía a su joven hijo, “es muy peligroso mijo, tengo miedo”.

Ahora luego de 40 días de la desaparición, dice que ya no le quedan lágrimas, “el dolor solo lo conoce quien lo padece, nadie es capaz de ponerse en nuestros zapatos hoy día”. Sería difícil para cualquier padre, llorar hasta el cansancio un hijo del que no se sabe nada. La incertidumbre es lo peor de todo, con el agravante que la crisis que los hizo emprender el viaje no solo sigue, se agudiza.

Otra de las familiares quien prefirió el anonimato tiene a su esposo desaparecido, y decía varias veces “ahora nos queda el dolor de la ausencia y la precariedad de nuestra economía familiar ya que la razón por la que ellos se fueron sigue estando allí”

DEPRESIÓN ECONÓMICA

La crisis venezolana y el anuncio de cierre de fronteras con las Antillas Neerlandesas, terminaron de matar a una economía que dependía de ese comercio que estuvo vivo por más de 100 años, y que permaneció hasta la llegada del socialismo a Venezuela. Según los propietarios de las embarcaciones que se dedicaban a ese intercambio, más de 50 de ellas están en puerto solo en La Vela de Coro, afectando el trabajo de 15 mil padres de familia.

“Nuestras neveras lucen vacías, solo tienen hielo y agua, no comida” decía Ángel Delgado quien representa a varios de los marinos afectados por el cierre de frontera. Los comercios con poca mercancía que ofertar y con ciudadanos sin dinero para comprar, son las características comunes en las calles de La Vela de Coro, una población que camina con la mirada abajo y a la que constantemente se le ve balbuceando sola mientras anda.

La Bodega La Invicta tiene 80 años y antes ofrecía productos de todas las marcas, hoy tenían solo en aparador un poco de Yuca, es un tubérculo que antes era acompañante de las comidas en Venezuela y hoy son el plato principal en muchas mesas, unos cigarrillos detallados y no más de 10 refrescos. Se mantienen abiertos por la misma solicitud de los vecinos, quizás al verlos con sus Santamarías arriba, sienten esperanzas que algo pueda cambiar y mejorar.

PERO DÓNDE CARAJO ESTÁN

El pasado 4 de junio fue la última vez que se les vio a los 32 que iban en la lancha, las autoridades venezolanas solo buscaron días, luego suspendieron esa tarea, hoy esa actividad la retomaron los seres queridos, que son los realmente interesados de saber dónde están sus familiares, en esa embarcación iban hasta menores de edad, padres de familia, un profesor universitario, en fin, personas buscando “un mejor futuro”.

Es un caso raro, no es un naufragio común, “Lo que el mar no quiere, el mar lo bota” es un dicho que repiten los conocedores de la zona, por eso no creen se trate de un naufragio. Es más, una de las hipótesis es que esas personas las tienen las bandas criminales que operan en todo el eje costanero de Falcón.

“Allí hay de todo” dicen con frecuencia, desde narcotráfico hasta contrabando. Hay playas custodiadas por personas vestidas de civil. Lo peor de todo es el silencio de los gobernantes, quizás para ellos que se pierdan 32 personas de un estado no sea importante, pero para sus familiares si lo es.

“Solo queremos saber si están vivos o muertos, queremos tenerlos como estén”, entre lágrimas se escuchó a muchos de ellos decir estas duras palabras. Mientras tanto, solo ellos y el cementerio municipal de Colina en el estado Falcón, son los únicos testigos de una realidad que deja víctimas a su paso.

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