Mea Culpa

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Después de ausentarme por un tiempo de estas líneas , de haber presenciado como pansaban Colombia y Costa Rica a los cuartos de final del Mundial de Fútbol, después de ver cómo nos matábamos por los triunfos de la selección, después de presenciar la matanza en Gaza, después de meditar por un rato acerca de los problemas mundiales, después de querer desaparecer de la faz de la tierra a la otra selección que nos “robó” el triunfo,

después de sucumbirme en el fondo del ese océano oscuro que son las pasiones futbolísticas, después de tocar fondo y devolverme nadando ya sin aire para poder renacer de entre las cenizas, después de recapacitar acerca del hambre que padecen nuestras patrias, después de entender que no es posible un cambio sin quererlo, después de estar esperanzado, lleno de ilusión, mirando a Colombia diferente, creyendo que el fútbol nos unía, en ese momento, tan solo después de ese momento en que mi cabeza tuvo un clic y volvió a su estado subjetivo que pretende ser objetivo, tuve la sensatez de escribir de nuevo y explicar el porqué de mi partida, de contar el porqué de mi pasión pasajera por el fútbol, el decir el porqué de mi apatía, el tratar de exorcizar a través de esta columna los demonios que me acompañan desde siempre.

Es increíble ver que nos matemos por una camiseta, pero es más terrible ver que sea por la misma camiseta, es absurdo ver que lo que nos une es lo mismo que nos aleja. Salía uno a la calle en días de partido de Colombia y los choferes de los carros eran capaces de hasta matar para llegar a la cita mundialista. Luego de la consabida derrota fuimos capaces de burlarnos de los brasileros como si fueran unas personas repugnantes que merecieran una bomba atómica, nos reímos de Neymar como si fuera el peor jugador del mundo o lo que es peor como si a él le importara que lo fuera, caímos en la desgracia de perder, pero recuperamos de nuevo nuestra vida y logramos salir del espejismo. Luego vino la revancha, Alemania golea de forma contundente a Brasil, a ese Brasil apocado y asustado como un niño en su primer día de colegio, lo destroza, el público indignado abandona el estadio, los gritos de guerra futbolística se apoderan de las barras, los cánticos nórdicos pedían los goles que les pertenecían y mientras tanto en la Colombie aparecía de nuevo el bullying, los memes no se dejaron esperar y no siendo suficiente con el odio generado en el partido de la pérdida, volvimos a caer en las emociones viscerales, la sed de venganza se apoderaba de nosotros y fuimos capaces de hasta resucitar a Hitler para expresar nuestra locura enceguecida por ser malos perdedores. Cuando miro las cosas que pasaron en estos días, ahora desde una tribuna que pretende ser mesurada, me doy cuenta que la unión que se logró, que ese ánimo exaltado que había en aquellos días de la gloria, fue tachado, borrado perversamente por nuestros ánimos caldeados y exacerbados por los 50 años de estar odiándonos unos a otros y matándonos por pensar diferente, por querer ser diferentes, por ser algo que la sociedad no quiere que seamos o por la simple razón del deseo de matar, porque somos una sociedad que no se civiliza, una sociedad que necesita que el alcalde les diga que no se emborrachen como locos, una sociedad que no aprende de sus errores del pasado, una sociedad que vive de la ilusión de ganar una copa que no va a cambiar en nada los problemas estructurales que tenemos, una sociedad que quiere todo sin poner nada a cambio, una sociedad que ni siquiera ve que tiene la oportunidad de unirse para sacar a un país adelante, sino que se une para las glorias y para odiar en las derrotas.

A mi también mea culpa, yo también hice parte de la ilusión, yo también ayudé en el matoneo, yo me reí y me burlé y deseé, yo pasé por el duelo de subir como palma y bajar como coco, yo también sufrí, pero ahora me doy cuenta que lo mejor que pudo pasar fue la eliminación para poder mirar de nuevo afuera y darme cuenta que familias lloran en Israel y Palestina, que niños mueren en Siria, que hay guerra en Ucrania, que en el país que llamo mío aún nos matamos, traficamos, nos mentimos, pretendemos ser lo que no somos y buscamos en las glorias ajenas de los deportistas nacionales, que les toca salir con las uñas a rebuscarse la victoria, resarcir un poco este desastre que tenemos como patria.

 

Andrés Granadillo G.

Colombia al día

Desde Bogotá, Colombia

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