Los vientos del 23 de enero

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Los vientos del 23 de enero siguen soplando con fuerza 62 años después de la gesta ciudadana que culminó ese día en unas acciones que pusieron fin a una dictadura militar tétrica y perversa. Tiende a pensarse que ese día irrumpió en el horizonte y propició los anhelados cambios. Sin embargo, la llegada a ese hermoso amanecer de libertad y esperanza fue producto de una larga lucha de principios, organización y claridad. 

En la funesta tiranía la norma era que los partidos políticos estaban proscritos y sus dirigentes se dirimían entre la clandestinidad, la cárcel o el exilio.  De todas maneras, el régimen buscó durante un tiempo guardar las formas recurriendo a patéticos personajes que se ufanaban de tener discursos opuestos al régimen, mientras se empleaban los órganos del poder judicial para justificar las tropelías y las corruptelas de la cúpula gobernante.

Las cárceles, la tortura y la censura de prensa eran el elemento característico de la época, aunado al grotesco contraste entre una opulenta clase gobernante y una población que pese a la propaganda oficial y a la exageración, vivía en la inopia y se arropaba con mitos de un país potencia que descollaba en lo regional y que era gobernado por sujetos que sencillamente buscaban lo mejor para la nación.

No escatimaba la tiranía en burlarse de la ciudadanía a través de manipulados y truncados procesos que se vendían en el exterior como vías de democracia, mientras que los controles se exacerbaban y las limitaciones crecían. La prensa oficialista, actuando como vulgares panfletos de mal gusto, dibujaba un país que solo existía en las mentes de los representantes del régimen y que edulcoraba la realidad mostrando un falso manto de felicidad y sosiego.

Pese a que Marcos Evangelista Pérez Jiménez creía tener todo bajo control, cruzó la línea y empezó a caminar en terreno fangoso después del inconstitucional plebiscito, unificando a la oposición en un discurso y recibiendo la condena de actores internacionales que incluso guardaban silencio cómplice de sus tropelías y procederes. De esta manera, aunque el ambiente parecía impregnarse de desesperanza a finales de 1957, poco a poco una brisa de libertad inundó el aire y llevó a que el 23 de enero de 1958 el dictador y su séquito de serviles huyeran cobardemente, para siempre. 

 

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