Las condenas al oprobio

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Muchas veces las reparaciones en los procesos de paz y entendimiento, trascienden el simple sentido reivindicativo o legal, pues su espíritu va dirigido a cerrar las heridas y a dotar de identificación a las víctimas y sus allegados. No se trata de recibir unos fondos o unos bienes para mitigar el daño –pues su entrega no devolverá a los fallecidos o saldará las masacres- sino que el hecho lleva a reconocer y a fomentar el entendimiento.

Hace algunos días un tribunal de apelaciones francés validó la orden de detención internacional que se dictó contra Félicien Kabuga, un oscuro personaje acusado de financiar a sectores en el conflicto ruandés de finales del siglo XX, además de ser señalado por emplear los medios de comunicación para instigar a la violencia y a los ataques. El acusado fue capturado en París y usaba una identidad falsa para no ser detectado.

El llamado “tesorero del genocidio” se presentó al tribunal negando las acusaciones y mostrando un precario estado de salud que le impedía moverse. Incluso, entre las tácticas dilatorias empleadas por su defensa estuvo la de señalar que su cliente corría un enorme riesgo si era trasladado a Tanzania, sede del tribunal especial para el caso ruandés, y que además de ello, sufría de delirios.

El genocidio ruandés, que afectó a otros países de la región, dejó un número considerable de víctimas, creó devastación y mutiló las ilusiones de millones de personas que sentían como se acababan las perspectivas y se desvanecía su porvenir, mientras buena parte de la comunidad internacional veía con indiferencia lo que allí acontecía. Cuando se reaccionó era tarde y la violencia dejaba una huella profunda. 

Lo importante del caso es que la justicia llegó. Kabuga podía pensar que se salió con la suya y bajo la cobardía de una identidad falsa vivir sus últimos años. Sin embargo, el tener que escuchar como lo señalan, notar que las víctimas lo miran buscando su reparación moral y percatarse de que es el centro de atención, son de por si condenas previas a la que impone un tribunal. Por lo pronto le queda mentir y mostrarse débil e indefenso, sabiendo que pasará a la historia como un ejemplo de que la impunidad no triunfa pese a los delirios que quieran fingirse. 

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