La Universidad permanece

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No es casual que los gobiernos autoritarios enfilen sus acciones contra las universidades, pues en ellas, dada su naturaleza histórica, radica el pensamiento libre que ha de oponerse -por su condición- a cualquier manera arbitraria de actuar. A los dictadores no les gusta la pluralidad, pues optan por el pensamiento absolutista y por un ser que pierde su carácter ciudadano y pasa, sencillamente, cual autómata, a aplaudir a rabiar cualquier acto que ve, sin hacer ningún cuestionamiento.

Existen muchas maneras de amordazar a las universidades, por lo cual las autocracias emplean una gama muy variada que va desde asfixias presupuestarias hasta el ejercicio absurdo de la violencia, incentivando bien sea la proliferación de bandas de choque o usando la estructura gubernamental para reprimir cualquier asomo de disidencia y de pensamiento libre.

El 8 de junio es un día que parece estar reservado por la historia para recordar a dos funestos personajes, cuya existencia está marcada con la tinta indeleble de la ignominia, al asesinar -a como diera lugar- la propia esencia universitaria que insta a pensar y a soñar. Además de hacerlo expresando un odio que muestra su desprecio por la vida, ambos actuaron en el marco de construir un poder absoluto y perpetuo.

En 1954 Gustavo Rojas Pinilla, quien había llegado a la presidencia de Colombia presentándose como un salvador ante la era de violencia y caos que castigaba a su nación, mostró su verdadero rostro al reprimir una manifestación de estudiantes que partía de la Universidad Nacional, siendo asesinado Uriel Gutiérrez. Frente al hecho, sus compañeros decidieron protestar al día siguiente, siendo salvajemente atacados por organismos militares, dejando en el ambiente una estela de miedo y sangre que demostraba la crueldad del tirano.

El mismo día, pero 41 años después, murió el tenebroso dictador argentino Juan Carlos Onganía, funesto personaje de la historia latinoamericana que entre otras razones se hizo célebre por haber mancillado con su sable las universidades argentinas, siendo particularmente recordado por la nefasta Noche de los bastones largos, en la que,con saña y odio, los militares ahogaron el grito que pedía democracia y autonomía y que salía de las entrañas académicas de la Universidad de Buenos Aires.

Sin embargo, tanto Rojas Pinilla como Onganía, al igual que el resto de los abusivos personajes que coartan la libertad, son pasado, quedando nombrados en la historia para ser señalados por el dedo acusador que clama por justicia y verdad. Mientras ellos quedan en el ostracismo y sus nombres generan el mayor de los repudios, la universidad vive y sigue adelante con su labor de vencer las sombras que se ciernen no sólo sobre el conocimiento, sino sobre la libertad.

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