Humanos y derechos

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La tenebrosa dictadura negaba con desparpajo cualquier señalamiento en su contra, llegando al grotesco extremo de menospreciar y descalificar a todo aquel que les reprochara sus tropelías. Bajo el rimbombante título de Proceso de Reorganización Nacional y con el argumento de poner orden en una nación marcada por la violencia y la crisis, los militares argentinos instauraron una sangrienta tiranía cuyo único propósito era beneficiarlos.

La comunidad internacional se percató de las tropelías y crueldades de la clase gobernante y partiendo de las denuncias de varios ciudadanos, inició una presión constante para exigir el cese de las violaciones a las garantías fundamentales. El régimen respondió con una estrategia propagandística, que se facilitaba con un aparato comunicacional controlado, buscando transmitir la idea de una felicidad absoluta.

Los militares argentinos idearon convertir el mundial de fútbol de 1978 en una fiesta patriótica que incluso aspiraba vender una imagen de superioridad frente a los demás. El equipo local quedó campeón y la élite gobernante construyó su imagen de factor central en ese hecho. Todo fue una fachada en la que los focos alumbraban los estadios, mientras el dolor de los desaparecidos era empujado por las tinieblas del oprobio. De todas maneras, las pocas rendijas abiertas le dieron al mundo la señal de que no todo era idílico.

El 6 de septiembre de 1979, luego de intensas negociaciones, llegó a Argentina una delegación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. La misión, encabezada por el reputado jurista venezolano Andrés Aguilar, venció los escollos y pudo hacer su trabajo, sistematizando una serie de denuncias que servirían de base para condenar al sistema imperante. El régimen, cínico como de costumbre,  maquilló la realidad, trató de desviar la atención y destinó recursos para imponer la frase “los argentinos somos derechos y humanos”, mostrando la visita como un acto injerencista.

Por más que puso su empeño en boicotear la gira, la dictadura no pudo evitar que se desenmascararan sus falsedades, quedando los expedientes que servirían de base para acciones posteriores. Años después los mismos que despreciaban con altanería cualquier denuncia en su contra y que con altivez se burlaban de quienes señalaban su nefasto proceder, tuvieron que sentarse a escuchar las sentencias que impuso la justicia y a vivir por el resto de sus días con el repudio de una sociedad que, con mucha razón, los aborrece.

 

 

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