Hablando de transiciones

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Es común que, al momento de estructurar una transición, por más reglas claras que se esgriman, siempre queden algunas aristas por fuera, que hacen cierto ruido. El paso de regímenes de terror a eras democráticas, generalmente implica alguna cesión que puede no dejar del todo satisfechos a los actores. Sin embargo, si se cumple el primer propósito que es el desplazamiento de los factores del viejo orden dictatorial, poco a poco se va recuperando la institucionalidad, pudiendo -en su momento- eliminar cualquier asomo de impunidad.

Después de haber aprovechado un pequeño espacio que abrió la fatídica dictadura militar uruguaya al convocar un plebiscito en 1980 para aumentar la concentración de poder en manos castrenses, las fuerzas opositoras, pese a sus limitaciones, lograron ganar, dejando trazado el camino para que se desencadenaran procesos políticos que llevaron a negociaciones que al poco tiempo permitieron el retorno de la democracia.

Una vez realizadas las elecciones, el primer período posterior a la tiranía lo encabezó el dirigente colorado Julio María Sanguinetti, personaje que tuvo que lidiar, a través de un gobierno con factores de otras agrupaciones, con el funesto legado que había dejado la dictadura. Aunque algunas medidas fueron polémicas, logró Sanguinetti el tránsito pleno a la libertad, la inserción del país en la comunidad internacional y la recuperación económica. Tal vez su mejor recuerdo fue haber entregado el gobierno a su opositor Luis Alberto Lacalle, en lo que es un claro ejemplo de alternancia y respeto a la voluntad ciudadana.

Años después, Sanguinetti volvió a ganar las elecciones, tocándole gobernar un país que podía preciarse de ser una democracia plena y en el que las tareas eran otras. En su segunda administración el énfasis pasaba por una amplia reforma constitucional, por fortalecer la posición regional e internacional de Uruguay y por atender la economía. El presidente disfrutaba de la transición que años antes había ayudado fervientemente a construir.

Luego de su segundo mandato, el dirigente se mantuvo en actividades políticas y periodísticas, ocupando cargos partidistas y en el legislativo e incluso optando, en una acción muy criticada por sectores que adujeron la necesidad de renovar el partido, a obtener la candidatura de su agrupación para los comicios de 2019, objetivo en el que fue derrotado por Ernesto Talvi. Lo cierto es que independientemente algunos puntos que pueden ser criticados, Julio María Sanguinetti, quien el próximo 6 de enero cumplirá 84 años, es un emblema del temple y la valentía que deben esgrimirse para permitir el amanecer de las naciones.

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