¿El enemigo de mi enemigo es mi amigo?

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La frase “el enemigo de mi enemigo es mi amigo” resuena en nuestras cabezas con confiada comodidad. Es una de esas expresiones que pocos recuerdan cuando la escucharon por primera vez, pero sin duda todos la conocen e inclusive repiten, con mayor o menor tino, en distintas ocasiones. La máxima, sin embargo, no resulta en ningún caso categórica, ni una regla general de comportamiento. De hecho, debería usarse con limitaciones de acuerdo con el tipo de “enemigos de mi enemigo” que se trate, como podría ser el caso de Jair Bolsonaro y la oposición de Venezuela.

El enemigo, como primer acercamiento al significado de la frase, debe entenderse bajo el tamiz del uso que le da la mayoría de la población, la primera connotación que determina el Diccionario de la Real Academia Española: nuestro enemigo sería aquel completamente contrario a nosotros.

No hablamos necesariamente del que nace simplemente en el estado de guerra. Nuestra noción es amplia, por lo cual nos obliga a aceptar la existencia de múltiples enemigos en el devenir de nuestras vidas, muchos que se opondrán y nos considerarán tan contrarios como nosotros a ellos. Una vez visto que el enemigo es el contrario, nos preguntamos si parece razonable elegir a nuestros amigos tomando en cuenta dicho proverbio.

En principio, como seres humanos emocionalmente racionales, todos tomamos la amistad como una de las más serias relaciones personales. Nuestras amistades siempre deben ser seleccionadas con el cuidado que merece la elección de cualquier relación interpersonal donde se involucren ciertas obligaciones, tales como la lealtad y probidad que deriva del vínculo de la amistad.

No pareciera propio ni racional ser amigo de otro por un elemento casual, tal como lo es la enemistad -muchas veces temporal- que este pudiera tener contra alguien que consideramos nuestro contrario. Ahora, si no resulta razonable en nuestras relaciones personales, ¿la frase resultará aplicable a las relaciones internacionales que se plantean en el ámbito político? ¿Siempre un político contrario a nuestro enemigo político resultará un amigo? Si no fuera nuestro amigo, ¿qué sería?

Moisés Naím, en su más reciente artículo para el diario El País titulado “AMLO y Bolso explican el mundo”, señala la existencia de una tendencia global a romper con las instituciones tradicionales y con ello con la política y los políticos tradicionales alrededor del mundo. Esto ha llevado al surgimiento de candidatos “outsiders” que se presentan como mesías salvadores, pero principalmente reformistas de un sistema que no ha sabido resolver las necesidades de la población. El autor ejemplifica su argumento con el triunfo de Andrés Manuel López Obrador en la presidencia de México y con el eventual triunfo de Jair Bolsonaro para el mismo cargo en Brasil. Naím señala, no sin razón, que el fundamento de este fenómeno es la crisis del modelo democrático: la población no esta buscando necesariamente más y mejor democracia sino simplemente que le resuelvan sus problemas cotidianos, tales como la inseguridad y la estabilidad económica.

Esta búsqueda de resolución a los problemas básicos fue el fundamento para la llamada Revolución Bolivariana en Venezuela. Así, en su momento, se pensó en elegir a un candidato fuera de la clase política dirigente que representará un cambio, como lo era Hugo Chávez. En este proceso de cambio, poco importaba la democracia liberal y representativa, ya que sólo se “buscaba” la resolución de los problemas cotidianos. Hoy se puede observar como la institución de la democracia puede resultar más valiosa que la resolución inmediata de un problema.

Venezuela vive una crisis económica, social y cultural basada en la premisa de que la democracia nunca es el fin, simplemente resulta el medio para llegar a un objetivo mayor, en este caso la consolidación de la revolución. El totalitarismo -siempre latente en Latinoamérica- está tomando diversos lugares del mundo. Venezuela no solamente se adelantó a su tiempo en la gesta de la independencia de las naciones Latinoamericanas. Ahora, vuelve a adelantarse para mostrarnos qué tan lejos se puede llegar en atención a la “resolución de las necesidades del pueblo”, sin importar el medio que sea utilizado.

No importa la democracia cuando lo que se busca es dormir tranquilo. Sin embargo, esta falta de tranquilidad al dormir se debe a los ejecutores de un modelo, no al modelo propiamente dicho. Recuerdo haber leído una frase de la extraordinaria jurista Tatiana B. de Maekelt donde afirmaba que no se debían ajustar las leyes a jueces mediocres, sino que debían ajustar a los jueces mediocres a buenas leyes. Así, extrapolando esa premisa, concluimos que no se deben buscar amistades malas para tomar nuevamente el poder político, sino que debe tomarse el poder político para poder dejar de tener amistades malas.

La oposición venezolana ve en Jair Bolsonaro a un enemigo del gobierno de Nicolás Maduro. Esto no debe llevarnos a la creencia de que un personaje ultraconservador, retrógrado, contrario a los derechos de las minorías y que solamente busca expandir su política de odio, sea considerado como un amigo de la oposición venezolana.

No se debe querer a un Bolsonaro como presidente de Venezuela. Este es, para la oposición venezolana, un aliado estratégico y temporal sobre el cual pueden ejercer cierta influencia para que continúe la presión internacional sobre el gobierno venezolano. No es lo mismo un aliado que un amigo, y Bolsonaro debe ser siempre lo primero, porque de ser lo segundo se estaría cambiando un totalitario por otro.

En definitiva, la oposición venezolana debe decidir como ver a Jair Bolsonaro: si como un amigo o como un aliado temporal. Esta elección ayudará a todos a saber qué clase de oposición es la que existe en el país. Más allá de sus problemas internos, los intereses del sector político contrario al gobierno de Maduro se encuentran en su mejor momento en el ámbito internacional, debido a que cuentan con una comunidad internacional que rechaza las practicas totalitarias del mandatario.

En este sentido, resultaría una insensatez no acudir a Bolsonaro como aliado, más siendo Brasil un país limítrofe de Venezuela. Sin embargo, sí es de importancia que este acercamiento se produzca con el respeto debido, pero siempre desde la distancia de pensamiento que conlleva no estar de acuerdo con un político que pudiera fácilmente ser considerado como del siglo XIX. Además, cada uno de nosotros también tenemos la tarea de determinar cómo veremos a este potencial nuevo presidente de Brasil: ¿será un aliado o será un amigo?

 

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