Derribando muros

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Los muros, de cualquier tipo, son las manifestaciones más aberrantes del desprecio humano, pues evidencian el afán que tienen algunos por separar a las personas, estableciendo categorías de individuos y limitando el derecho a decidir cómo actuar y qué hacer. Que algunos hablen con ligereza de construcción de paredes, es la prueba fehaciente del peligro de que surjan autoritarismos que le temen a la integración y al intercambio.

El más vergonzoso de los muros fue el que desde principios de la década de los sesenta del siglo XX dividió a las dos Alemania, pues no solo era una construcción física que limitaba el acceso de los habitantes de un sector hacia el otro, sino que era la puesta en práctica de un perverso mecanismo para diferenciar modelos, sueños y anhelos, convirtiendo a la Alemania oriental en una aberrante prisión en la que se constituyó un cruel modelo totalitario.

 

Durante poco menos de tres décadas, fueron muchos los deseos y sueños que sucumbieron a los esfuerzos de atravesar la cerca y el hormigón para llegar a la libertad occidental, mientras las autoridades del régimen represivo de la República Democrática de Alemania se explayaban en consignas vacías y falsedades para justificar la construcción. El sacrificio de los que intentaron pasar para ser libres fue el aliciente para encontrar una solución ante la perversidad.

 

El 9 de noviembre de 1989, aprovechando ciertas incongruencias del aparato decisor de la Alemania oriental, declaraciones contradictorias y un marcado anhelo de esperanza y libertad, miles de personas iniciaron el cruce del muro, derribando con su aliento y algarabía ese adefesio indigno que les limitaba su esencia. De esta manera, colapsó el vestigio más emblemático de la guerra fría y la ciudadanía caminó hacia la libertad y más adelante hacia la unificación.

 

Hoy Alemania es una sola y se erige como un país ejemplar que logró vencer los escollos que las apetencias y mezquindades le impuso al dividirla. Hace treinta años iniciaba la caída del oprobio y  germinaba la dignidad humana que se hizo camino y traspasó la estructura. Queda el ejemplo de que por más bloques que los irracionales y criminales quieran poner, los muros se derriban cuando los principios, la alegría y la perspectiva de futuro, mueven al hombre.

 

 

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