Bosch: pluma y acción

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El próximo 25 de septiembre se cumplen 56 años del derrocamiento del presidente de la República Dominicana, Juan Bosch, personaje que, si bien puede despertar algo de polémica por sus acciones y discursos, tiene ganado un sitial de honor en la historia por haber dedicado su vida a las letras, a la educación y fundamentalmente a la lucha por la libertad y la dignidad humana. 

El gran maestro dominicano bregó todo el tiempo para que la funesta y asesina dictadura de Trujillo fuera desplazada. Su temple y actitud lo llevaron a un largo exilio que lejos de amilanar su espíritu, le sirvió para prepararse para el momento en que el retorno democrático le llevará a cumplir el gran anhelo de servir a su país desde la primera magistratura.

Le tocó a Bosch conducir un gobierno que tenía que recoger a una nación que había quedado herida por décadas de personalismos militares. No era sencillo -ni siquiera para un hombre de la estatura política del maestro- revertir una época de atraso donde el dictador y su entorno hicieron a placer lo que les provocaba, mientras la muerte y la cárcel eran temas comunes de una sociedad que prefería guardar silencio para no entrar en problemas.

Tuvo la talla -algunos dicen que le faltó el tacto- para llevar adelante las reformas que su país anhelaba y requería. Pero la rapidez para actuar no fue bien vista en algunos sectores políticos que angustiados por la forma en que el país parecía buscar recuperar en meses lo que le había sido vedado durante años, decidieron poner fin a la administración de Bosch y deponerlo, ahogando, no sólo su mandato sino también las ansias de una nación que por primera vez en muchos años encontraba un camino de libertad.

Rememorar a Bosch y su gran obra, es estudiarlo con carácter crítico y ajustado a la realidad. Su estampa de estadista es inobjetable y probablemente tan grande como su sueño de servir a su país. Algunas decisiones controversiales pudiesen opacar en algo su legado político, pero nunca hacer que deje de recordarse con dolor, el fatídico 25 de septiembre de 1963 cuando el asomo de la libertad dominicana fue ensombrecido por las charreteras de los que les gusta oponerse a la felicidad de los ciudadanos.  

 

 

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