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Recuerdo de libertad

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Caracterizar al régimen puede convertirse en un ejercicio arduo, no por lo difícil que sería encontrar características, sino por la cantidad de tropelías e irregularidades que habría que ubicar para dar una visión plena de la perversidad que rodea su proceder. Su origen está ligado a la manipulación del sistema electoral y una vez en el poder, el empeño pasó por apropiarse de la totalidad del país, pudiendo decirse sin temor a sonar exagerados que el objetivo principal era controlar la vida de los ciudadanos haciéndolos dependientes del Estado y manipulándolos a través del miedo que sus huestes provocaban contra todos aquellos que expresaran algún comentario disidente. 

La adulancia es prácticamente una política pública en la que al tirano había que engrandecerlo, mezclando su proceder con el de algunos personajes históricos y justificando sus acciones en una supuesta construcción de plenitud que lo motivaba. Ello llevó a que un solo mensaje se escuchara a través de la totalidad de medios que controlaba la tiranía, llegando al absurdo de colocar canciones que lo vanagloriaban o su fotografía en distintos lugares, todo para dar a entender que irrumpía una esfera de religiosidad y misticismo que obligaba a rendirle un culto a su figura como si se tratase del señor feudal que posee la voluntad de sus siervos.

En el país empezó a surgir una élite pudiente que, cual nueva clase, controlaba los puestos de poder y realizaba lucrativos negocios en los que en muchos casos el tirano tenía participación directa. No se movía una hoja sin que la dictadura se enterara y todos los proyectos financieros convertían a la nación en una propiedad de la familia presidencial. Como no era completo el control, y en medio de su demencial actitud, aparecieron cambios de nombre de lugares, reformas educativas y hasta supuestas manifestaciones literarias y ferias para cimentar la fidelidad que el sátrapa anhelaba y que le permitían con sadismo llevarlo a sentirse el propietario de una nación que de la alegría y la esperanza no le quedaba nada.

Se rodeó de personajes funestos como él que eran despreciados por lo sanguinario de su conducta y la manera como mancillaban las libertades fundamentales. Cuando la situación se hizo insostenible, tal vez más tarde de lo que ha debido ser dado su comportamiento desde que asumió el mando, poco a poco fueron dándole la espalda, estableciéndose sanciones por promocionar ataques contra la democracia en el continente. Con el cinismo que lo caracterizaba, se burlaba, tratando de dar a entender que en nada lo mortificaba una situación que evidentemente lo carcomía por dentro, al dejarlo a merced del dedo acusador de la dignidad y la justicia. 

El 30 de mayo de 1961 Rafael Leonidas Trujillo Molina murió asesinado en una carretera de su país. Atrás quedaba el tirano dantesco que durante décadas controló su territorio, enriqueciéndose, vulnerando cualquier derecho y dejando a la nación en aterradores niveles de atraso y desmoralización. La estela de desolación debe ser superada y el recuerdo del criminal mandatario, estudiado para que no se repita. El actual gobierno dominicano estableció que la conmemoración del tiranicidio será el “Día de la Libertad” como homenaje a las víctimas y una significativa revisión de una época oscura en la historia del continente. Trujillo, por más omnipotente que se creía, no sólo fue asesinado por los que anhelaban la libertad, sino que su recuerdo es tan oscuro como su régimen. Sin lugar a dudas, esa condena lo perseguirá por toda la eternidad.

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