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¿No hay quinto malo?

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Todo parece estar listo para que a finales de marzo se desarrollen en Israel los comicios parlamentarios para elegir a las personas que ocuparán las 120 bancas de la Knesset, organismo que además de legislar, tiene la función de designar al primer ministro. Lo controversial y polémico del asunto es que esta sería la cuarta elección en menos de dos años, dejando a la que sin lugar a dudas es la democracia más estable de la región, por no decir la única, en un estado de desorden y controversia que no hace sino profundizar en una crisis política que puede generar desasosiego e inestabilidad, más cuando los liderazgos internos están cuestionados, las alternativas no resultan convincentes y las opciones se mimetizan en una pléyade de partidos que solos no pueden obtener el poder.

Uno de los aspectos que se ha convertido en factor recurrente de la inestabilidad, y que podría reaparecer en los próximos comicios, es que las coaliciones son simplemente instrumentos para alcanzar la opción de formar gobierno, distando de cualquier asomo ideológico. A veces la apuesta es peor, pues se trata de quitar la oportunidad de que el otro tenga opciones de sumar, por lo cual se hacen ofertas que al final coliden y llevan a la explosión del gobierno. Partidos de liderazgo indeciso que se mueven al vaivén de las ofertas y los ofrecimientos, por lo que las adhesiones son sumamente endebles y se acaban hasta por nimiedades. 

Luego de tres elecciones, Benjamín Netanyahu de Likud jugó con maestría sus piezas y consiguió un gobierno de coalición cuyo socio más fuerte era el partido Azul y Blanco de Benny Gantz. Con agilidad, y pactando de manera calculada dividir el gobierno en un período de dos años para él y el resto para su compañero de proyecto, quien asumía el rol de viceprimer ministro y ocupaba la cartera de defensa, logró el hábil político israelí mantener el cargo, conseguir el blindaje que necesitaba para enfrentar algunos cargos y desarticular a quien podía hacerle sombra, al punto de minarle el partido y dejarlo reducido a una estructura que según los sondeos, se desmoronará en las próximas elecciones. 

El resto de organizaciones viven sus propios dramas y enfrentan vicisitudes. Unos esperan las ofertas para fijar posición, mientras otros, por ejemplo el laborismo, renuevan liderazgos para ver si se deja de vivir de la historia y se retorna a un impacto relevante, aunque los sondeos muestren que eso, por el momento, es improbable. Además, a lo interno de las agrupaciones se busca hacer lo imprescindible para evitar que las diferencias y rencillas los desmoronen. A la larga, hay un caudal inmenso de partidos que salen a competir buscando arañar escaños que los dejen entrar, aspirando además contar con la “suerte” de poder ofrecer los votos faltantes para llevar al líder de uno de los grandes, o en todo caso de los menos pequeños, al gobierno.

Todo parece entrever que las próximas elecciones no serán sino el preámbulo de otro proceso electoral. La dispersión de votos y la proliferación de escaños parecen surgir en un horizonte en el que la sociedad transita por un desencanto de una clase política que parece estar en una burbuja y no leer al entorno. Los que dicen que la presión del sistema puede forzar a concretar un gobierno, tampoco son optimistas, pues dibujan una colcha de retazos que tarde o temprano colapsará cuando las demandas dispares y los puntos de vista particulares colidan. Aunque la democracia israelí es sólida, poco a poco las bases se van minando y la amenaza de un nuevo proceso electoral, ante el fracaso del que viene, aparece en el firmamento llenando de inestabilidad a un modelo de Estado que se vanagloriaba de su solidez. 

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