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Macabras celebraciones

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Celebrar una jornada en la que se atentó contra la dignidad republicana y se mancilló la libertad es un ejercicio plenamente absurdo, demencial y arbitrario. Es además un mecanismo que busca imponer una visión sobre el resto de la sociedad, que debe plegarse a los dictámenes de quienes gobiernan, teniendo que aguantar su retórica y su falsificación de la historia al promocionar una acción que, aunque no llevó a la élite gobernante al poder de forma inmediata, se vende como un triunfo.

La celebración es aún más tétrica cuando se evidencia que la fecha no solo es justificada por la propaganda oficial, sino que se enaltece, como si no importaran las arbitrariedades cometidas por los sublevados y la sangre derramada en vano. Todo se presenta como una jornada épica que permitió la salvación del país y desplazó a los actores que, a juicio de los rebeldes, menoscababan la realidad nacional y sumían al país en el caos y el atraso.

 Aunque el país afrontaba problemas y vivía eras difíciles, en lo absoluto se puede entender la violencia impulsada por los rebeldes que lejos de emplear la alternativa política para confrontar al sector gubernamental, optó por el atropello de las armas para imponerse, abriendo una senda que dejó heridas dolorosas y pavimentando una vía para que al correr de los años el autoritarismo se impusiera, sumiendo al país en el atraso y la desolación. 

Desde el oficialismo, con el objetivo de reescribir la historia, narrar su propia visión y engrandecer su felonía, se tornó habitual asumir el hecho violento como una gesta valerosa, obviando que desde el punto de vista militar fue un fracaso que no logró el objetivo de desplazar al gobierno imperante. Lamentablemente, la sociedad no defendió con ahínco la libertad y poco a poco se impuso la idea de que en el golpe militar había supuestas reivindicaciones sociales, que una vez en el poder, no se manifestaron. 

La infame jornada de julio de 1936 en la que un grupo de serviles militares traidores a su patria irrumpió contra el gobierno democrático, fue celebrada y enaltecida por la dictadura franquista que dibujaba el acontecimiento como una gesta que mostró la vía para el fin del gobierno republicano. Años después, con la democracia del país, la fecha ha ido perdiendo relevancia, demostrando que las infamias y los atropellos, por más retórica y simbolismo que quieran aplicarle terminan sucumbiendo, y con ello, categóricamente puede decirse que al final, murieron los golpistas y triunfó la libertad.

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