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La vergüenza de Brasil 

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La situación social y sanitaria de Brasil ha estado en la primera plana de los medios de la región. En un país que se mueve entre los vaivenes de la incertidumbre política, marcada por alarmantes cifras de muerte y contagio, producto de la pandemia, y la inestabilidad caracterizada por cambios en el gabinete, disputas entre poderes y una incomunicación alarmante entre la administración central y las regiones, poco margen hay para recordar los aciagos momentos de la historia.

 Hace cincuenta y siete años, el país también fue noticia por el derrocamiento del gobierno del presidente Joao Goulart, mandato sumamente inestable y que despertaba inquietudes, pero que tenía un origen democrático. A decir verdad, Jango, como era conocido el primer mandatario, heredó una situación de conflictividad que se exacerbó dadas las complejidades que afrontaba la nación.

 Después del gobierno de Juscelino Kubitschek, cuya llegada al poder no fue sencilla y estuvo marcada por tensiones dadas por el desconocimiento de algunos sectores a su triunfo, el país experimentó coyunturas complejas que anidaban en su propio sistema y que encerraban variables que impedían aliviar la presión para garantizar que los escenarios de quiebre se alejaran. 

El gran inconveniente fue que las elecciones de 1960 dejaron una fórmula presidencial en la que el primer mandatario, Janio Quadros, era de una agrupación política, mientras que el vicepresidente, Joao Goulart, figura que había conseguido la reelección, provenía de otro grupo, por lo que la comunicación, desde los inicios, estuvo complicada. 

Después de siete meses, Quadros renunció, alegando que fuerzas muy poderosas no le dejaban margen de maniobra, asumiendo brevemente el presidente de la Cámara de Diputados, Ranieri Mazzilli, mientras el vicepresidente regresaba al país luego de una gira por China. Goulart, visto como más radical que su predecesor por algunos sectores, fue condicionado para permitirle asumir.

Al tiempo, el presidente optó por revertir las condiciones que le habían impuesto, pero la conflictividad social, el temor de algunos a un régimen como el cubano y la falta de habilidad para manejar la crisis, llevó a las fuerzas armadas a irrumpir y en una jornada aciaga que se extendió entre el 31 de marzo y el 2 de abril de 1964, el presidente fue depuesto, asumiendo interinamente Mazzilli, que a los días renunció, para ser sustituido por el mariscal Castelo Branco.

Brasil experimento una tenebrosa dictadura militar entre 1964 y 1985. Años después, algunos ven con nostalgia el régimen militar, mientras otros parecieran no rememorar y no notar que los pasos de la actual administración se parecen mucho a los de aquellos que hace 57 años sembraron el miedo en Brasil, derrocaron a un polémico pero democrático presidente, y mancillaron la dignidad, a más no poder. 

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