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Inquietudes afganas

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Incurrir en el diagnóstico de la situación de Afganistán puede resultar reiterativo y dada la proliferación de la abundante información, incluso inoficioso. Lo conveniente en este caso sería no dejar que la temática se enfríe, tal como ha ocurrido con Haití o Cuba, en la que son contados los espacios analíticos y medios que hacen seguimiento, y buscar comprender los fenómenos que se esconden tras las líneas opacas de la desinformación, el desinterés y la vorágine de asuntos que la humanidad tiene que afrontar diariamente.

La primera lección de la realidad afgana es que las soluciones mágicas no existen. Los sombreros de mago para sacar conejos y flores y las mangas que esconden las cartas de ilusionistas que envuelven a los espectadores sorprendidos, no permiten obtener elementos que pongan final a las crisis. Algunos pensaban que la presencia de tropas estadounidenses, y de otros países, por las calles y caminos de Afganistán, eran la panacea. Veinte años después, ante su salida, tal vez lógica desde el punto de vista militar, el radicalismo logra hacerse con el poder en una maniobra vertiginosa, rápida y frente a la cual no hubo mayor resistencia. 

El segundo chorro de agua helada tiene que ver con que no se usó la presencia extranjera para edificar un país. Se limitaron las tropas a una actitud de gendarmería, mientras el gobierno local no se preocupó por exigir construcción de instituciones. Tal vez creció el país en algunos ámbitos, tanto geográficos como en indicadores, pero no se avanzó en quitarle argumentos al populismo que ante las carencias manifiestas, ganó espacios. Cuando surjan inquietudes a este respecto, basta notar que en Noruega, Dinamarca, Finlandia o Israel no existen peligros al sistema democrático, pues las demagogias no tienen cabida ante la fortaleza institucional. Por ende, no haber pensado con otra mentalidad que la de una función policial, abrió el camino para que los talibanes se impusieran. 

En la acera opuesta, los rebeldes también aprendieron sus lecciones. Moderaron, al menos en la forma, sus discursos e incrementaron una política comunicacional muy bien estructurada y dirigida a la comunidad internacional, impulsada, entre otras cosas por la decisión del anterior mandato estadounidense de darles beligerancia. Aunque las dudas abundan y lo más probable es que a la vuelta de la esquina las ofensas a la mujer y el atropello a las minorías reaparezcan, la actitud comedida es la que tratan de transmitir los mandos altos del grupo para evitar represalias, aunque no así las bases combatientes.

Pierde la sociedad en el sentido de que la barbarie se concretó y el miedo avanzó nuevamente, sembrando la incertidumbre de una trágica realidad. Los líderes y actores internacionales no estuvieron a la altura al no haber recordado que existía ese país mientras la catástrofe avanzaba sin detenerse. Actores del antiguo gobierno, entre ellos el vicepresidente, llaman a la resistencia para frenar lo que ha ocurrido, pero pareciera tarde. Vivimos en un mundo donde todo preocupa, hasta que un nuevo acontecimiento llegue a ser un titular de prensa que ocupe a la humanidad por los próximos días, en un patético inmediatismo.

 

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