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Fortaleciendo las transiciones

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Afrontaba Colombia una de sus crisis más marcadas en todo el siglo XIX. La situación se tornó difícil y aceleró una descomposición que parecía anunciada desde hacía años. El presidente José María Obando había sido depuesto por el general Melo, estallando al poco tiempo una nueva guerra civil que provocó el cerco al nuevo presidente y su posterior salida, llevando además a la necesidad de retomar el hilo constitucional. 

La salida de Melo al tiempo, lejos de aminorar la situación, la empeoró. Por una parte, el vicepresidente José de Obaldía fue acusado de participar en el derrocamiento de Obando, por lo que quedó alejado de cualquier opción y al poco tiempo fue destituido por el Congreso. De otra parte, Tomás Herrera, quien había asumido ante la falta absoluta de Obando y la imposibilidad inicial de José de Obaldía por asumir, murió en una escaramuza de la guerra civil, por lo que el parlamento se vio en la necesidad de nombrar a alguien que asumiera las riendas del país, puesto que el mismo Obando fue descartado en un absurdo proceder, acusándolo de ser partícipe de su propio derrocamiento.   

Lejos de cualquier opción militar, el legislativo buscó que las aguas regresaran a su cauce a través de la civilidad, por lo que las opciones para vicepresidente, mientras se ratificaba la condena a Obando, se dirimieron entre dos prominentes figuras: el conservador Manuel María Mallarino y el liberal Manuel Murillo Toro, ambos dilectos hombres de lo público, líderes de corrientes del pensamiento y actores serios que podían tranquilizar las angustias de una República de la Nueva Granada que se extinguía en medio de las discordias y temores. En este proceso Mallarino fue electo, convirtiéndose en vicepresidente. 

Mallarino, como responsable de ejercer la primera magistratura, en su condición de vicepresidente y ante la destitución de Obando, aprovechó de hacer una gestión incluyente que involucró en el gabinete a actores de ambos partidos, adecuó el andamiaje constitucional a los nuevos tiempos, propició la concordia, aupó el desarrollo de la provincia y se alejó de cualquier asomo bélico, sentando las bases para poder transitar de un orden oscuro, a uno promisorio.

Sin embargo, el caso de la gestión de Mallarino, quien gobernó por lo que restaba del período de Obando, sirve de ejemplo para entender que las transiciones no deben dejarse a la deriva. Todo ese esfuerzo se desperdició con la elección de Mariano Ospina Rodríguez, quien ejerció un gobierno torpemente dogmático, contradictorio y sectario que llevó al país a una nueva guerra interna y a dolorosas heridas que tardaron décadas en cerrar. De allí que quienes apuestan por las transiciones deben saber que partir de claridad y tener la capacidad de seguimiento, es vital para que la democracia pueda triunfar de forma rotunda. 

 

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