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Y se acaban…

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Muchos gobiernos son dirigidos por inescrupulosos personajes que no escatiman en hacer lo que se les ocurra con tal de permanecer en el poder. El deseo no es gobernar para favorecer a las enormes mayorías, sino para obtener beneficios para ellos y su entorno más directo, surgiendo una clase social que gira alrededor de las prebendas y que es sustancialmente diferente al inmenso conglomerado de ciudadanos que simplemente se preocupan por subsistir. Estos dirigentes se proyectan como abanderados de causas justas, seres contestatarios o paladines de gestas valerosas que arremeten contra todo aquel que piense distinto.

Como las brechas sociales se incrementan y el descontento se hace cada vez más latente, estos patéticos personajes recurren a dos variables determinadas: la estructura militar y los fraudes electorales. La estrategia es atemorizar a más no poder y tratar de mostrar fortaleza frente a los adversarios, plasmando la imagen de un régimen hermético que dispone del grito homogéneo de las armas, mientras se trata de esgrimir una imagen edulcorada de esencia democrática al realizar procesos electorales tan manipulados e irregulares, que en lo absoluto van a implicar un riesgo para quien detenta el mando.

Para sustentar todavía más su poder y blindar la permanencia en el mando, ejecutan una política de abierta censura de prensa y a través del miedo, mueven a muchos generadores de opinión hacia la autocensura. Junto a ello hay limitaciones al ejercicio de los derechos políticos y recurren a plantear permanentes estados de zozobra que sirven de argumento o fachada para justificar controles, atropellar y dividir a la población en un maniqueísta esquema de amigos y enemigos, mientras no escatiman en diseñar un enfoque en el que la figura del líder adquiere carácter heroico, llegando en las narraciones oficiales a rozar el carácter mítico.

Estos regímenes son corruptos por naturaleza, no sólo por la avidez en la apropiación de recursos, sino por la opacidad que reina en las sociedades en las que cualquier inquietud puede implicar persecución o castigo a quien cuestione el proceder de la camarilla gubernamental. Otra característica de estas administraciones es la de, en aras de evidenciar su marcado militarismo, adquirir rimbombante armamento para buscar erigirse con ventaja estratégica en la región. Al final, no son recordados por ello, sino por sus constantes violaciones a los derechos humanos, generando vergüenza su proceder. 

 

Pocos podían pensar que con todo el poder que amasó y la manera hábil y cruel como mantuvo la presidencia, el dictador Ferdinand Marcos abandonaría el gobierno. Sin embargo, el pasado 25 de febrero se cumplió el trigésimo quinto aniversario de la jornada en la que las protestas obligaron a que el funesto mandatario y su entorno salieran del país, dejando atrás desolación, anécdotas truculentas y deudas por pagar. Marcos, si bien algunos parecen olvidar sus tropelías, es un ejemplo de lo nefasto de los personalismos y las autocracias, pero también sirve de reseña para que los que como él, aunque se sientan protegidos e intocables, más temprano que tarde tendrán que huir ante el repudio de sus sociedades.

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