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Blanco y negro

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El ver a la realidad en blanco y negro siempre deja consecuencias funestas y malas interpretaciones. Lo delicado del asunto es que las heridas dejadas por la simpleza en el análisis no pueden superarse si no se conciben las causas que imperaron cuando se cometió el error de haber apostado por los extremos, dejando cualquier atisbo de sindéresis sin la menor opción. Insistir en escenarios de ese tipo es cimentar una coyuntura que puede dejar resultados inadecuados y hacer que la esperanza de poder tener mejores episodios en los que las necesidades de la ciudadanía estén en el centro de cualquier opción, se pierda.

En 2018 los brasileños apostaron por dirimir sus controversias reduciéndolo a dos extremos. Bolsonaro, por un lado, se ufanaba de venderse como un contestatario actor que con un discurso violento, altanero y demagógico que no escatimaba en reivindicar la funesta tiranía que mancilló la dignidad a partir de los años sesenta del siglo XX. Frente a él la opción era Fernando Haddad que lejos de mostrar un plan de gestión profundo, prefirió enfocar su campaña manifestando su adhesión a Lula da Silva, llegando al extremo de posicionar la frase “yo soy Lula” como lema de campaña, estrategia contraproducente, no solo por las denuncias contra el expresidente, sino porque se desviaba el foco de atención y mostraba al abanderado como un simple actor de un poder, el del exmandatario, que estaba por detrás.

Lo crucial de la campaña fue que todo se redujo a los dos abanderados, mostrándose una realidad de extremos que menospreció a opciones atractivas e interesantes como eran las de Ciro Gomes, Geraldo Alckmin o Marina Silva, factores que notaron cómo Bolsonaro y Lula fagocitaban una contienda en la que los votantes se movían entre consignas vacías sin preocuparse en buscar respuestas y opciones. La ligereza sumió al país en una enorme crisis cuyas consecuencias se perciben y evidencian una nación endeble que se aleja de cualquier camino tangible de desarrollo. La polarización se tragó al progreso brasileño e hizo que cualquier oportunidad de calma y orden quedara en el olvido.

Lejos de entender lo que aconteció y examinar con carácter crítico lo que viene acaeciendo en Brasil, todo parece indicar que en el 2022 el esquema se repetirá como si nada hubiese ocurrido. Hasta el momento la impresión es que la contienda se cerrará entre Bolsonaro y Lula, aparentemente sin recurrir a otros actores, por lo que los extremos se apoderarán de la justa y los discursos vacíos llenarán una competencia entre una figura populista a la que no le importa generar polémica por sus loas a la violencia o su desastroso manejo de la pandemia o de los asuntos ambientales y un actor señalado por corrupción, personalismo y por no escatimar en recurrir al revanchismo y a las promesas genéricas. 

Están a tiempo los brasileños de descubrir una gama de candidatos que puedan representar visiones diferentes y liderazgos renovados. El chantaje de la polarización puede ser desplazado y las visiones dantescas de dos personajes que pasarán a la historia de la ignominia por razones distintas, pero unidas por el daño a su nación, ser derrotadas con ahínco y determinación. De no hacerlo estará el país condenado a seguir a merced de figuras patéticas que se nutren de sus verbos encendidos para alcanzar un poder que lejos de emplearse para ayudar a la ciudadanía a mejorar sus condiciones de vida, se emplea en beneficio de pequeños sectores. Si los brasileños notan que la vida tiene colores y no puede reducirse a un dilema de blanco y negro, la región podrá respirar tranquila.

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