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Ay Nicaragua Nicaragüita 

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Aunque nunca pudo ocultar sus macabras y perversas intenciones, el gobierno nicaragüense genera cada día más repudio en la comunidad internacional que observa atónita como el propósito de la perpetuidad se va nutriendo con un proceder de represión que ha llevado a muchos de sus conciudadanos a tener que decidir entre el exilio y las mazmorras de la tiranía. Si bien los discursos del líder tratan de sustentar su proceder en polémicas normativas internas y en asuntos de seguridad, a todas luces se nota que administra el país como una hacienda particular en la que la opulencia de los suyos está a la orden del día.

Familiares y acólitos se reparten los cargos del Estado y se apropian sin disimulo de gran cantidad de factores productivos en un dejo tétrico de bastión familiar y de ejercicio dinástico que hace que todo gire en torno a los que ejercen el mando. Los nexos y vínculos, hasta por afinidad, se premian con responsabilidades en las que los designados cometen cualquier tipo de tropelías con tal de agradar al mandamás o no estar sujetos a perder las prebendas de las que disponen. 

Como en toda dictadura, por ende, al igual que pasa en regímenes similares en la región, se ejerce una fuerza inusitada contra cualquier asomo de disidencia, censurando a la prensa y rigiendo los destinos nacionales con total hermetismo, para hacer que la opacidad reinante sea sustituida por una propaganda y un culto a la personalidad que hace ver como terroristas y criminales a los que emitan una opinión contraria a los designios del ser, que cual amo feudal, controla los destinos del país, mientras prepara a algún descendiente para que lo suceda. 

El dictador se ufana de repetir lo poco que, aparentemente, le importan las reacciones de la comunidad internacional y los señalamientos de que el régimen es una funesta dictadura, aunque muy a lo interno sabe que ese proceso de aislamiento que paulatinamente se presenta terminará costándole el poder y enviándolo al repudio de la historia. Su encono lo expresa con una represión cada vez más salvaje y enviando algunos mensajes inciertos y acomodaticios de que está dispuesto a dar cierta amplitud, si lo reconocen.

Narraciones de ese tipo recorrieron el mundo en los momentos finales de la criminal dictadura de Anastasio Somoza Debayle. Los medios reflejaban la determinación de un pueblo que había optado por expulsar para siempre a un personaje que en su represión desmedida sustentaba la decisión de mantener una dinastía que aspiraba seguir enriqueciéndose en desmedro de un pueblo hambriento, atrasado y silenciado. La historia nicaragüense nos muestra que Somoza y su aparato de miedo pasaron de un momento a otro de tener el mando a ser repudiados. Terminan los personajes como Somoza execrados y juzgados, mientras que las sociedades valientes se imponen en la libertad y la democracia.

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