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Adelante cubanos

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El fenómeno de las masivas protestas y el descontento en Cuba se han convertido en elementos que confrontan la racionalidad, pues si bien las carencias son manifiestas y las necesidades arropan al país, en este caso las reivindicaciones no se dirigen a la satisfacción de demandas que podrían cubrirse de una manera puntual y concreta, sino que la aspiración es mucho más simbólica, pues se pide libertad. Lo fuerte de la petición es que la sociedad cubana, confinada a un territorio aislado que no es más que una mazmorra, pide una transformación y exige marchar hacia un modelo que no conoce, y del que sólo ha oído hablar a los extranjeros que visitan el país o a través de medios clandestinos, pero lo que sí tienen claro es que esa realidad que anhelan es sustancialmente mucho mejor a lo que tienen ahora. 

Aunque la situación luce incierta y poco se sabe de lo que acontece, entre otras razones por la atroz censura de prensa que aplica el régimen gobernante, la semilla del descontento ha quedado sembrada, evidenciando que hay un hartazgo que ni el rudimentario, reiterativo y mediocre discurso de achacar los errores a las políticas estadounidenses, puede frenar. Aunque el miedo también buscó silenciar el reclamo social, el que se trate de la solicitud de una transformación plena germinará paulatinamente en un movimiento mucho mayor de resistencia pacífica y democrática, que ni las edulcoradas y ramplonas medidas de la dictadura minarán. 

Han surgido diversidad de hipótesis e interpretaciones que incluso asoman la posibilidad de que las acciones hayan sido inicialmente “permitidas” por ciertos sectores gubernamentales que están en pugna con quienes detentan el mando, en un juego de tendencias y bloques, pero lo que resulta evidente, así se asuma  esta teoría, es que nunca esperó la dirigencia que el movimiento irrumpiera con determinación y algarabía, sorprendiendo al régimen que no sabía, y tal vez lo desconozca aún, cómo frenar el avance de personas por las calles exigiendo justicia y clamando por la salida de la élite partidista que controla, cual botín particular, al país. 

Los cubanos quieren entrar a una nueva era recuperando el tiempo perdido. Luce lejana la elección que en 1948 llevó al gobierno al doctor Carlos Prío Socarrás, personaje sustituido por la funesta dictadura de Fulgencio Batista y luego por la fatídica tiranía castrista que bajo las banderas de una revolución llevó al poder a un grupo que al poco tiempo traicionó los ideales y apartó a los disidentes para hacerse con un mando supremo en el que cualquier oposición se paga con cárcel, exilio o frente a un paredón. De esa manera la nación quedó sumida en el atraso, viviendo de la falsa propaganda de los supuestos logros educativos y sanitarios.

 La suerte está echada y los cubanos seguirán en las calles luchando por un ideal, que aunque parezca una quimera, frente al poderosísimo factor de las armas, el miedo y la propaganda, los llevará inexorablemente al triunfo y a un amanecer de libertad. Lo que ha ocurrido en los últimos días, y que recoge un malestar que se generó hace meses es el elemento que llevará a un surgimiento de la democracia de la mano de un músculo social que no parece estar emparentado, ni con los viejos partidos ilegalizados, ni con los sectores del exilio. El vetusto régimen cubano se desmorona paulatinamente y desde el malecón de La Habana se podrá sentir muy pronto la reivindicación de una sociedad que optó por el camino de la libertad. 

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