Lunes, 29 de Mayo del 2017

 

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majoseautoranMaría José Ramírez

De todo un Poco

Desde Kasas City, EE.UU

El país que dejé no es el mismo

16971499575 ac868f0b09 z  Después de seis años en el exilio volví. Volví a mi tierra, aunque jamás pensé volver así. Me tocó hacerlo: mi madre había muerto, no tuve la oportunidad de abrazarla, de darle un beso y de decirle "nos vemos pronto en persona". Mientras eso ocurrió, yo lloraba sin control y me enfrentaba a la realidad: éste es el precio que muchos tenemos que pagar al salir de nuestros países en busca de la paz y tranquilidad.

  El volver estaba cargado de tristeza y miedo. Miedo por ingresar a un país donde lo que hay es un gobierno dictatorial al cual no apoyo, y eso en Venezuela se paga: algunos haciendo colas para conseguir alimentos, otros con menos suerte presos.

  Pero no tenía opción: debía enfrentar esa situación ya que mi familia y yo necesitábamos estar juntos. Mi madre ya no estaba, así como las patas de una mesa si no estábamos los cuatro hermanos, no estaríamos completos.

El país que dejé no es el mismo.

  Llegar hasta allá fue toda una odisea, y es que por las restricciones del gobierno los vuelos cada día son menos. Una vez el avión aterrizó, de inmediato me di cuenta que todo había cambiado. Nadie aplaudió, todo el mundo estaba callado, la gente comenzaba a guardar las cosas de manera discreta pero clara, en el área de la maletas los comentarios eran "¿Te trajiste el papel tualé del hotel?", "Pendiente que no nos quiten la leche", "¿Viste que caro está el whisky aquí en el Duty Free?". Esto solo era el abrebocas de lo que me encontraría.

  Al salir mi familia me esperaba, al igual que yo cargados de emociones. Mamá ya no estaba para verme. Luego de llorar unos minutos, comenzamos la subida a Caracas, y otra vez darme cuenta: Caracas ya no es la misma. Eran las 12 del día y nadie respetaba ningún semáforo. Al increpar el por qué la respuesta fue "no se puede, si te paras de asaltan".
A ingresar al edificio, el deterioro se notaba. No había bombillos, un ascensor dañado. Y es que no hay repuestos y tampoco bombillos.

Dos Países

  Acudimos a Higuerote, un pueblo cerca del mar, a esparcir las cenizas de mi madre. La primera sorpresa fue ver construcciones de apartamentos. ¿Cómo es que un país que no tiene para comida sí tiene para construcciones de apartamento de lujo en la playa? La respuesta de los lugareños: "los enchufados, la mía, lavado de dinero".
Decidí ir a comprar alimentos. Al llegar a esas pequeñas bodegas del pueblo pedí artículos básicos, nada lujoso: un kilo de carne molida, siete bistecs, dos panes para sandwich, tres latas de pasta de tomate pequeñas, jamón y queso.

  Mi sorpresa no fue poca: esas cosas que para muchos de nosotros son básicas, para los lugareños, e incluso para mi familia, era un lujo. Todo el mundo me vio con cara de millonaria, adinerada, y yo no podía creer lo que me ocurría. Era la compra que yo en el país donde resido haría para un fin de semana normal.

  Cuando fuimos a dejar las cenizas de mi madre en el mar, me quedé de una pieza. Entramos a un club de la región, yo asombrada del lujo que veía allí. Venía de ver gente que no tenía para comer en la bodega de pueblo, y aquí la historia era diferente: el lujo sobraba, la gente parecía estar en otro país, parecía que nunca pasaron por el pueblo, que nunca vieron lo que pasaba, que nunca se sintieron afectados. Simplemente me dio asco ver un país así.

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Diosdado, sí hay hambre

  Hace algunos días escuché al señor Diosdado Cabello (si es que se le puede llamar señor) decir que era mentira que había hambre en Venezuela. Pues permítame desmentirle, y lo hago con propiedad: vaya a Quinta Crespo un sábado y lo verá, porque yo lo vi: vi venezolanos recogiendo de la basura, vi gente que no tenía para comprar queso, jamón o simplemente arroz. Lo vi, Diosdado, no me lo contaron: lo vi yo.

  Y si eso es demasiado pobre o le produce repulsión entrar al mercado, pues vaya a la feria de comida del CCCT, donde a mí se me acercaron para pedirme los huesos de sobra del pollo que ya habíamos terminado de comer.

  En Venezuela sí hay hambre, y eso lo digo con propiedad porque lo vi, no me lo contaron. Y también hay una nueva clase social que no cuenta con educación pero sí con dinero, y que está dispuesta a pisotear a todo el que tenga por delante solo con la intención de mantenerse el poder.