Jueves, 17 de Agosto del 2017

 

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¿A cuál Saddam?

Nicolás Maduro en cadena uniforme PNB

Hace unos días, el jefe de Estado hizo un comentario, completamente fuera de lugar, en el que usó una frase completamente desatinada señalando con un enorme orgullo que se parecía a Saddam Hussein, mientras una audiencia de uniformados (como acostumbraba a tenerlas también el dictador iraquí) lo aplaudía y adulaba, como gustaba también al líder asiático, mientras amenazaba y fustigado a sus adversarios.

Sin embargo, la frase, además de evidenciar un enorme desconocimiento sobre los procesos históricos, muestra lo desacertado del pensamiento oficial al hacer esa desagradable comparación en una época como la que vive Venezuela, pues la personalidad del líder de Irak era tan cambiante y poco lógica que usarla de ejemplo pudiese resultar poco conveniente cuando al tratarse de transmitir seriedad se refiere.

La primera evocación de Hussein es la imagen del terror; la del hombre que fue capaz de lanzar gas mostaza a su propio pueblo con tal de perpetuarse en el poder y que no escatimó en aliarse a las potencias, a las cuales fustigó más adelante en sus discursos para confrontar y agredir a sus vecinos. Ni ser integrante del partido gubernamental era garantía para lograr sobrevivir en una sociedad en la que la opulencia gubernamental y la alta producción petrolera chocaban dantescamente con las poblaciones famélicas que requerían ayuda internacional para poder subsistir.

Pero vino luego otra etapa de Hussein; aquella en la que empezó a ser un sujeto reconocido por su irrespeto a las normas internacionales y las imágenes de las masivas violaciones a los derechos humanos dieron la vuelta al mundo, desafortunadamente bastante tarde. Luego de soportar sanciones a las que el dictador respondía con burlas y con acercamiento con países de dudosa procedencia, terminó saliendo del poder dejando atrás una estela de desolación, caos y dolor.

Probablemente, cuando el presidente decía que se parecía a Saddam Hussein quería transmitir la sensación del miedo y del recuerdo de un hombre que fue capaz de asesinar a sus hijos políticos, de golpear a sus seguidores y actuar aberrantemente contra sus adversarios. Pero el parecido con el tirano iraquí podría ser también la de aquel hombre que luego de ofrecer resistencia total y de mentir diciendo que había ganado la guerra, terminó escondido cobardemente en una madriguera, agarrando una tableta de chocolate belga y suplicando por su vida.

Cada quien recuerda a Hussein como mejor le parezca, allá los que se comparan con él.

 

Por: Luis Daniel Álvarez V.
@luisdalvarezv
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