Venezuela despierta sin Maduro pero sin democracia
El nuevo escenario venezolano combina incertidumbre, tensiones legales y un enfoque estadounidense centrado en intereses estratégicos, mientras la democracia sigue siendo una promesa lejana y sin un rumbo definido
La abrupta salida de Nicolás Maduro del poder abrió una etapa inédita y profundamente incierta en Venezuela. Lo que durante años fue una crisis política prolongada ahora se ha transformado en un proceso de transición sin contornos claros, marcado por tensiones internas, presiones externas y preguntas sin respuesta sobre el futuro democrático del país.

Emociones encontradas y un tablero que se mueve
El historiador Alejandro Velasco, profesor en la Universidad de Nueva York y editor ejecutivo de NACLA Report on the Americas, describió el momento actual como una combinación de “ansiedad, confusión y expectativa”. Según explicó, para muchos venezolanos el principal sentimiento es la incertidumbre ante un escenario que cambió de forma radical, pero que aún no muestra transformaciones concretas en el ejercicio real del poder.
“Funcionalmente, nada ha cambiado en términos de quién controla el Estado, con la excepción significativa de Maduro”, afirmó Velasco. Esa continuidad, señaló, alimenta la confusión sobre el alcance real del cambio político.
Aun así, destacó un elemento novedoso: “El juego político se ha destrabado”. En ese contexto mencionó hechos que hasta hace poco parecían impensables, como la liberación de presos políticos y mensajes conciliadores desde las nuevas autoridades. No lo llamó esperanza, pero sí una apertura de posibilidades.
Velasco fue directo al analizar la postura de Washington. “No me sorprende que Donald Trump no esté interesado en la democracia. Lo que resulta impactante es la explicitud con la que se dicen ahora las cosas”, señaló, aludiendo al énfasis del presidente en el petróleo y los recursos estratégicos. “Escuchar la parte silenciosa dicha tan alto es metodológicamente chocante para un historiador”.
También advirtió que una transición democrática genuina requiere algo más que la salida de una figura: “El Estado venezolano sigue siendo cohesivo en términos de control. Eso es, paradójicamente, su mayor carta de negociación”.
¿Una operación sin sustento legal?
Desde el ángulo jurídico, el abogado venezolano Mariano de Alba fue tajante: “No hay forma legal de justificar esta operación bajo el derecho internacional”. Recordó que la Carta de las Naciones Unidas prohíbe el uso o la amenaza del uso de la fuerza, salvo contadas excepciones que, a su juicio, no aplican en este caso.
Aunque reconoció que Maduro carecía de legitimidad democrática tras perder las elecciones de 2024, subrayó que eso no altera su estatus bajo el derecho internacional: “Seguía siendo el gobernante de facto, y ese detalle es irrelevante jurídicamente”.
De Alba explicó que Washington ha intentado construir una justificación apoyándose en tres argumentos: el desconocimiento de Maduro como presidente legítimo, su acusación por narcotráfico en tribunales estadounidenses y la narrativa del llamado Cartel de los Soles. Sin embargo, consideró que esos elementos “no ofrecen una cobertura legal sólida”.
Sobre el precedente que deja esta acción, advirtió que el mensaje es preocupante: “Estados Unidos está demostrando que sus amenazas pueden convertirse en realidad”. Esto, dijo, ya está influyendo en el comportamiento de otros gobiernos de la región, desde México hasta Colombia.
En cuanto a la rendición de cuentas por violaciones de derechos humanos, fue escéptico: “Es altamente improbable que Maduro termine ante la Corte Penal Internacional, especialmente dada la relación inexistente entre la actual administración estadounidense y ese tribunal”.
Petróleo, sanciones y un plan incompleto
La analista en asuntos internacionales Roxana Vigil, especialista en política estadounidense hacia América Latina, centró su intervención en los objetivos reales de Washington. A su juicio, mientras Donald Trump no hable explícitamente de una transición democrática, “no hay razones para asumir que esa sea parte central del plan”.
Vigil cuestionó la lógica económica del enfoque petrolero. “Venezuela produce alrededor de 900.000 barriles diarios, menos del 1% del suministro global”, explicó, añadiendo que se trata de un crudo pesado y costoso de refinar. “El mundo no necesita más petróleo venezolano en este momento”.
También advirtió que reconstruir el sector energético requeriría reformas legales profundas, inversión a largo plazo y un Estado de derecho funcional, condiciones que hoy no existen. “Hablar de inversiones de 100.000 millones de dólares implica un compromiso de una década, no una operación improvisada”.
En materia de sanciones, señaló que aún no hay señales claras para el mercado sobre alivios sostenidos. Y expresó una preocupación central: el destino de los ingresos petroleros. “No está claro dónde se depositarán esos fondos ni quién los controlará”, dijo. “Los venezolanos no tienen asiento en la mesa donde se decide cómo se usarán”.
Un futuro abierto, con más preguntas que respuestas
Pese a las diferencias de enfoque, los tres coincidieron en un punto esencial: el desenlace sigue abierto. La salida de Maduro cerró una etapa, pero no resolvió la crisis estructural del país. Como resumió Velasco, “si el objetivo es una Venezuela democrática, lo primero que debería hacer Estados Unidos es dejar de hablar como si fuera dueño del país”.
Por ahora, Venezuela avanza entre la expectativa y el riesgo, en un escenario donde los intereses geopolíticos parecen pesar más que las promesas de una transición inclusiva y sostenible.