¿Por qué EE. UU. sigue fallando frente a las armas?
Pese a una baja reciente, la violencia armada sigue siendo una crisis en EE. UU. Expertos y sobrevivientes coinciden en que la prevención, regulación de armas y apoyo comunitario son claves
La violencia armada se ha convertido en una constante en la vida cotidiana de Estados Unidos. Aunque los tiroteos masivos han disminuido a sus niveles más bajos en dos décadas, el país sigue encabezando la lista de muertes relacionadas con armas entre naciones de ingresos altos. Ese contraste fue el punto de partida de una conversación nacional que reunió a educadores y expertos en salud pública para analizar causas, mitos y posibles salidas.
La experiencia que marca de por vida
Sarah Lerner, profesora de secundaria y cofundadora de Teachers Unify to End Gun Violence, habló desde la experiencia directa. Estaba en el campus de Marjory Stoneman Douglas High School el 14 de febrero de 2018, cuando un atacante abrió fuego.
“Fue la experiencia más horrífica que he vivido en toda mi vida”, relató al recordar las horas de encierro con sus estudiantes mientras el campus permanecía en alerta.
Lerner explicó que el regreso a clases semanas después no significó volver a la normalidad. “No había enseñanza posible”, dijo, al describir un periodo centrado en apoyo emocional, acompañamiento psicológico y contención para estudiantes y docentes.
Desde entonces, su trabajo se ha enfocado en amplificar la voz del profesorado. Para ella, el problema va más allá de los ataques en escuelas: “Los tiroteos escolares son solo una pequeña parte de la violencia armada, aunque reciben la mayor atención mediática”.

Armar a maestros no es la respuesta
Consultada sobre leyes que permiten a docentes portar armas, Lerner fue tajante. “Es la sugerencia más absurda que he escuchado”, afirmó. Añadir armas a los campus, explicó, incrementa los riesgos y la ansiedad, especialmente en comunidades de estudiantes de color.
“Yo estudié literatura inglesa, no para convertirme en policía”, añadió, subrayando que la protección de los estudiantes no puede recaer sobre educadores armados.

Desmontando el mito de la salud mental
El psiquiatra Ragy Girgis, profesor de la Universidad de Columbia y curador de la Columbia Mass Murder Database, presentó uno de los análisis más amplios realizados sobre asesinatos masivos a nivel global.
Su conclusión fue clara: “El 95% de los tiroteos masivos no están relacionados con enfermedades mentales”. Solo un pequeño porcentaje, explicó, involucra psicosis con delirios o alucinaciones que impulsan directamente la violencia.
Girgis advirtió que culpar a la salud mental no solo es incorrecto, sino dañino. “Es un argumento de distracción que no ayuda en nada”, señaló, y contribuye al estigma que impide a muchas personas buscar tratamiento.
El especialista también destacó el rol del suicidio: más de la mitad de los autores de tiroteos masivos se quitan la vida durante el ataque. “Las armas de fuego son elegidas porque también son el medio para suicidarse”, explicó.
Políticas de armas y cultura de la violencia
Según Girgis, la evidencia muestra una relación directa entre leyes laxas y mayor número de víctimas. “Los estados con regulaciones más débiles tienen más tiroteos y más víctimas per cápita”, afirmó, añadiendo que la mayoría de las armas utilizadas se adquieren legalmente.
También señaló un cambio cultural a partir de los años setenta. “La romantización de la violencia en películas, televisión y videojuegos ha contribuido a este fenómeno”, dijo, una tendencia amplificada hoy por las redes sociales.
Señales de un descenso posible
Daniel Webster, profesor en la Escuela de Salud Pública Bloomberg de la Universidad Johns Hopkins, aportó una nota cautelosamente optimista. “Si solo seguimos los titulares, pensaríamos que la violencia armada no deja de aumentar, pero los datos cuentan otra historia”, afirmó.
Webster explicó que, tras el pico registrado durante la pandemia, los homicidios han caído de forma sostenida. En varias ciudades históricamente afectadas, la reducción supera el 60%. Incluso, señaló, algunos analistas anticipan que el país podría cerrar el año con la tasa de homicidios más baja desde 1960.
Para el investigador, este descenso está ligado al fortalecimiento de servicios públicos y a inversiones federales en programas comunitarios de prevención. También fue enfático al aclarar que “los inmigrantes tienen tasas de violencia notablemente más bajas que los ciudadanos nacidos en Estados Unidos”.
¿Qué sigue?
Las voces reunidas coincidieron en un punto central: no existe una solución única, pero sí evidencia clara de lo que no funciona. Desde la experiencia de quienes sobrevivieron a la violencia hasta los datos científicos, el mensaje fue consistente: regular el acceso a las armas, invertir en comunidades y dejar de usar la salud mental como chivo expiatorio.
El desafío, ahora, es transformar ese consenso en políticas sostenidas que prioricen la vida por encima de la ideología.