¿Y las viudas de la guerra en Colombia?

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¿Dónde están?, ¿las ayudan?, ¿reciben o recibieron pensión, apoyo psicológico o aunque sea el pésame presidencial?. Hablé con una de ellas y me dijo con el corazón en la mano y el alma completamente destrozada, que no solamente se quedó esperando el apretón de manos del expresidente, Álvaro Uribe Vélez, cuando una columna de las FARC asesinó a su esposo en una emboscada; sino que también se quedó esperando el apoyo psicológico ofrecido.

 Hoy nueve años después de haber perdido a su marido en la guerra, sigue pagando de su propio bolsillo, las terapias para tratar de cerrar las heridas que le dejó el conflicto aún vigente en Colombia. Es precisamente el trauma psicológico lo más difícil de superar para estas mujeres y familias que hoy en día hacen parte solamente de la lista de pensionados de las Fuerzas Militares y no de las de víctimas de guerra. Ellas también perdieron sus vidas tras el juramento que hicieron los suyos en el Ejército de dar la vida por la patria. Una patria que está lejos de honrarlos como se debe y aunque algunos los reconocen como “héroes” esto se queda en un simple apelativo, utilizado frecuentemente como combustible para inflar los pechos de comandantes y políticos. Pero pocos se conduelen con el drama real que viven miles de militares y civiles en el marco de la guerra en Colombia.

Estos héroes a veces tan sólo muchachos de 20 años, mueren en las montañas o en las selvas donde las balas enlutan sus sueños, sueños que el olvido termina de sepultar. Dejan atrás medallas, ascensos y a una familia que tras fallecer, queda desamparadas. Y es que antes de decidir combatir a la guerrilla en el monte, jóvenes de los estratos menos favorecidos se enlistan en el Ejército como única alternativa de vida y como única opción para salir adelante en un país donde estudiar es un privilegio, no un derecho. Buscan un mejor futuro; ¿a esto se le puede llamar un mejor futuro?, pero ¡qué piensan! si la muerte está a la vuelta de la esquina y los sueldos que devengan a duras penas les alcanza para vivir y ayudar a sus familias.

Un Soldado Activo (mínimo rango), devenga mensualmente (datos 2014), un poco más de un salario mínimo mensual vigente, es decir unos 240 euros. Un Coronel Activo, devenga unos 1.700 euros mensuales. Ambos con gran diferencia salarial, ¿equivale ese sueldo a lo que entregan en la guerra?: su propia vida y en el mejor de las suertes la salud. Una vez caídos en combate, ni siquiera la indemnización económica que reciben sus familias amortigua el dolor que les queda.

Lo más impactante del drama militar me lo cuenta la viuda de un Mayor asesinado en combate en 2006 en la zona rural de Arauca. Su esposo admiraba y respetaba a sus comandantes, su vida entera la dedicaba a su profesión como militar, y admiraba fervorosamente al presidente Uribe. Soñaba con regresarle la seguridad a Colombia en el tiempo de auge guerrillero. En ese entonces fue enviado a zona roja desde donde le escribía a su esposa algunas cartas que recibía por intermedio de un Cabo en donde le contaba sus anécdotas en el monte. En ellas denunciaba el abandono en el que los tenía el Ejército después de tanta entrega y dedicación. Pasaban semanas enteras con pocas raciones de comida, patrullaban a punta de agua de panela y pan. Algunos habitantes de la zona les brindaban café fresco o raciones de arroz. Eso los ayudaba a sobrevivir en pleno monte combatiendo a las FARC. Días después de recibida la última carta por parte de la esposa del Mayor, la tropa fue emboscada por una columna de la guerrilla. Un francotirador terminó con la vida de su esposo y varios soldados.

A los funerales llegaron elogios y reconocimientos. Compañeros militares y superiores admiraban la devoción del Mayor por su carrera y por su patria, incluso la viuda recibió una carta de condolencias del presidente Uribe. Una carta con un sentido pésame dónde llamaba “héroe” a su marido, firmada con sello de presidencia; de esas que mandan por protocolo, esas mismas que también reciben padres y otros familiares cuando muere uno de los suyos en combate. Pero una carta con sello, no es lo que esperan recibir quienes entregan a un esposo, un hijo o a un padre. Un apretón de manos de quienes dirigen la guerra y no luchan en el monte: el Presidente o el Ministro de Defensa, sería lo mínimo que esperan las familias como parte del proceso de reparación.

Las familias no sólo se enfrentan al desdén de la clase dirigente, comienzan duras batallas para tramitar la pensión por fallecimiento. Pero lo que más les cuesta hoy en día es superar la tristeza y la depresión que deja la guerra. Esas secuelas psicológicas que toman fuerza cada vez que las FARC cometen atentados contra militares y/o civiles.

Hace más de cincuenta años, miles de colombianos lloran su tragedia con la bandera de la patria en la mano, una triste pensión en el bolsillo y una huella de guerra imposible de borrar.

 

Alexandra Correa Solarte

Y ustedes, ¿qué opinan?

Desde Berlín, Alemania

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