Tener la razón: un ejercicio de fuerza

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Nada más peligrosamente gratificante que tener la razón. Esa posibilidad de decir “¿viste que es como yo te dije?” nos regala un momento mágico al que nos cuesta renunciar. Nos da la certeza de que las cosas son como nosotros queremos que sean. Digámoslo claramente: tener la razón nos regala la sensación de  ser poderosos, incluso superiores que el otro, sabios y maestros en el arte de la vida. ¡Qué lindo que es tener razón!

Pero tener la razón tiene una cara no tan amable y agraciada: esa de quien está del otro lado defendiendo su derecho a elegir algo diferente a lo nuestro, con quien entramos en una lucha de fuerza para doblegarlo a que haga algo que nosotros queremos que haga. Solo queremos que vea el mundo como nosotros lo vemos, aun a costa de su bienestar o su propia voluntad. Cuando queremos tener razón, no hay amor, respeto, ni compasión por el otro. Solamente estamos enfocados en lo que nosotros queremos, lo que es rentable para nosotros mismos.

Visto hasta acá parece que describo una lucha entre dos personas en la que una es víctima y la otra victimaria, pero no es hacia ese espacio adonde me quiero dirigir. Porque en el juego de querer tener razón se necesitan dos para jugar a querer tener la razón. Ambos son responsables. Ese es un ejercicio de fuerza, y como yo lo veo donde hay fuerza siempre hay dolor y desgaste. En este caso el desgaste de nuestra integridad. Oponer resistencia a la visión del mundo del otro es servir la mesa para el conflicto y de ahí en adelante solo se puede esperar que uno pierda y otro gane. Uno aplastará y otro será aplastado. De ahí en adelante se escribirá otra historia en la que uno es grande y el otro pequeño. Se abrirá el camino para que esa actitud se replique en otros dominios de la vida.

¿Cuántas de nuestras relaciones se construyen sobre este paradigma? ¿Has pensado cuántas veces el querer imponer tu forma de ver el mundo ha obligado a otro a doblegarse ante ti sin ser considerado? ¿Cómo será estar en el lugar de esa persona que es aplastada por la forma de ver el mundo del otro? ¿Cómo queda tu integridad cuando luchas por sostener algo que está siendo adversado? ¿Cómo se siente saber que la dignidad de una persona puede estar siendo afectada al imponer tu forma de ver el mundo sobre ella?

¿Y si en vez de resistir la mirada del otro aprendemos a convivir con el otro y su mirada?

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