¿Somos todo lo que decimos ser?

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En nuestra habilidad para expresarnos y para comunicarnos con el mundo que nos rodea, los seres humanos hemos desarrollado la capacidad de juzgar. ¿Se han fijado con cuanta facilidad emitimos creencias sobre nosotros mismos, los demás y el mundo que nos rodea? Decimos ser, así como señalamos a los demás de ser,  flacos, gordos, feos, lindos, cultos o vagos con una liviandad absoluta. ¡Es natural! Vivimos en espacios repletos de juicios. De cosas que creemos “son”, y además nos parecen inmutables. Cosas consideradas como ciertas, dadas por hecho.

Un bolígrafo, una silla, un pantalón o un cuchillo son lo que son porque podemos ponernos de acuerdo en que esos artículos están conformados por una estructura determinada y con un propósito definido. Existe ya un consenso social previo sobre su ser que hoy nos permite identificarlos. Pero ¿qué pasa cuando entra en juego nuestro ser? ¿Cuándo lo que “somos”, decimos que somos o lo que decimos que son los demás, varía dependiendo de cada persona? El éxito, la libertad, la felicidad, el bien, el mal, la amistad y todo lo que decimos ser, incluyendo lo que decimos “son” los demás, constituyen nuestra opiniones. Llámenlas creencias, prejuicios, juicios o como quieran. No existen, no están, no los vemos, no los podemos tocar, ni tampoco nos podemos poner de acuerdo sobre lo que decimos es el “ser”.

Cada una de estas creencias, juicios o prejuicios (insisto: póngales el nombre que quieran) viene dada por nuestra forma de ver al mundo. Ya dijimos antes que nuestra forma de ver al mundo fue previamente acomodada en nuestra familia, cultura y entorno. Desde ese lugar y con ese conjunto de creencias que se van renovando, cambiando o alternando, salimos a relacionarnos con los demás y con nosotros mismos. Seguramente en otro momento dedicaré unas líneas a nuestras creencias sobre los demás. Hoy quiero enfocarme en las creencias que sostenemos sobre nosotros mismos.

Este es un apartado a nuestras creencias propias, esas que en ocasiones nos desvalorizan, llenan de miedos, preguntas e inseguridades. También puede ser juicios de sobrevaloración: esos que nos dejan en un espacio de superioridad con los demás, desestimando y deslegitimando al otro. Quiero referirme a esas creencias y opiniones que nos hacen vernos al espejo y no amarnos ni aceptarnos, solo porque no entramos en el patrón que nos enseñaron. Especialmente quiero referirme a esas opiniones ajenas que escuchamos de niños. A todo eso que nos dijeron nuestros padres, familiares y compañeros que éramos o que estamos obligados a ser y se nos quedó clavado como si se tratara de una realidad irrefutable a la que nos condenamos. ¡Nada de eso existe! Se trata solo de construcciones armadas con el lenguaje.

Es probable encontrar argumentos para sustentar nuestras creencias. Pero en tanto las tratemos como creencias podemos cambiarlas. No se trata de un hecho irrefutable, ni del consenso social sobre un objeto como la silla o el bolígrafo. Los seres humanos contamos con la valiosa oportunidad del cambio. Un rediseño de acciones nos pone en el camino para modificar nuestras creencias sobre nosotros mismos. Una vez que tomemos consciencia sobre lo que es una creencia y cuáles son las acciones sobre las que esta se basa, podemos elegir cambiar nuestras acciones para sostener una nueva. Aun si nuestro “ser” fuera de piedra podríamos tallarlo y ser quien queremos ser.

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