¡Se van!

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Las elecciones que lo llevaron al poder dieron un resultado en el que de manera holgada conseguía hacerse con un nuevo mandato. Sin embargo, la cantidad de votos que se presentaba contrastaba drásticamente con la dantesca situación del país en el que la pobreza y la carestía estaban a la orden del día, mientras que las protestas eran salvajemente reprimidas por los organismos de seguridad del Estado.

A lo interno de las fuerzas oficialistas, que blandían a rabiar sus banderas rojas y sus consignas de supremacía, había voces de descontento que olfateaban que la situación no era favorable para el país. Ante ello, el gobierno -y sobre todo el presidente- seguía vendiéndose como una alternativa a la paz, a la par que empleaba una retórica histórica ininteligible y no resolvía las dramáticas necesidades de la mayoría de sectores.

El país se estaba quedando prácticamente aislado, pues la comunidad internacional -en especial las naciones sudamericanas- encontraban que la república marchaba en una dirección distinta a la que debía ser. Mientras que en los países vecinos se habían superado regímenes autocráticos y coyunturas de violencia y populismo, allí se retrocedía a pasos acelerados. El régimen recurría a un chantaje en el que aducía que, de producirse su salida, cesaría la paz e imperaría el caos.

El 3 de febrero de 1989 el caudal del Paraná trajo una gran energía democrática que obligó a que el cruel dictador que mancillaba la dignidad del Paraguay huyera cobardemente, abriéndose para su nación un horizonte de libertad que durante décadas le había sido esquivo.

La torpeza de Alfredo Stroessner de no entender que la población no lo quería, lo llevó a ser depuesto por militares de su propio entorno. La soberbia del tirano le impidió comprender que una salida negociada y a tiempo era probablemente la forma de llevarlo a la posteridad de una manera no tan patética, ahorrándole además a su país años de sufrimiento. Prefería el cruel militar recurrir a las cifras de los votos en sus amañadas elecciones y a un lamentable discurso de fuerza para perpetuarse. Tal vez en el exilio donde terminó sus días recordaba -mientras veía a lo lejos la nación que durante 35 años había humillado- que la dignidad lo había expulsado, al igual que a los dictadores asesinos, para siempre.

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