Mujer y familia

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Una sociedad avanzada es aquella que no discrimina y reconoce las contribuciones que en las relaciones laborales aportan las mujeres desde las distintas posiciones que ocupan en el aparato productivo. Para que una sociedad sea funcional amerita que más mujeres se interesen por los temas políticos, económicos y sociales, sin que se vean obligadas a abandonar los espacios naturales que les han sido asignados en el principio de la creación y desde que las sociedades empezaron a organizarse y a evolucionar.

La familia es el lugar más elevado y sagrado, en el cual se debe crear la conciencia social de los seres humanos, donde se siembran las semillas del conocimiento y el respeto, que permitirá una cosecha de hombres y mujeres con el compromiso de construir una sociedad sana, con tendencias a desarrollar una cultura política basada en derechos, principios y valores.

Es el núcleo familiar el primer espacio donde la mujer comienza a sentir la categorización de un ser estereotipado, incapaz para asumir responsabilidades políticas, sociales y culturales. Es allá que a estos seres se les ha educado para que de manera irracional lleven es sus hombros una carga de trabajos no remunerados ni reconocidos y en la más frías de las marginalidades, por el solo hecho de ser mujer.

Las mujeres tienen el derecho y el deber de comenzar a librar sus luchas desde el hogar, el campo de batalla donde inicia la educación y donde se comienzan a dar los primeros pasos para la edificación de una conciencia crítica de la sociedad, que enrumbe tanto a hombres como a mujeres hacia la formación de familias con verdaderos valores morales y principios éticos innegociables.

Esta responsabilidad es compartida con el Estado, que es quien crea las políticas públicas que les permitirán a las mujeres cumplir su rol natural y participar en los espacios de tomas de decisiones importantes, para hacer efectivos los derechos, deberes y obligaciones que se promueven en el ordenamiento jurídico.

Las desigualdades crean una brecha que lastima, lacera y cercena todas las posibilidades de desarrollo de la mujer, toda vez que es ella quien tiene una mayor responsabilidad por ser la depositaria del derecho más sagrado, que es dar vida.

Visto en perspectiva, este derecho, por mencionar solo uno, le cambia la agenda a la mujer, por los niveles de compromiso y la demanda de tiempo y cuidados que amerita esta responsabilidad, sin que esto sea óbice para que ellas continúen desarrollando otras actividades. Las limita para materializar de manera continua y efectiva proyectos que requieren del activismo, la presencia y la constancia para prosperar en el tiempo, como lo son aquellos ámbitos de índole política. Es ahí donde el auxilio del Estado debe hacerse efectivo, a través de leyes que busquen compensar y equilibrar la carga que desde generaciones han tenido que llevar las mujeres.

De lo que se trata es de romper una cultura ancestral, y hacer que hombres y mujeres compartan las responsabilidades del hogar, de la misma manera que lo hacen trabajando para llevar sustento a los miembros de la casa. Es tarea de las familias y el Estado en su conjunto, compartir las obligaciones y los deberes, para la construcción de una sociedad justa y equilibrada, y así cristalizar el sueño de todos: un mundo de mayores oportunidades. La familia es el mejor espacio para empezar.

*La autora es Periodista y Abogada

Mariaesteladl2011@gmail.com

Twitter: @maria_edeleon

 

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