Mataron al concejal

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El asesinato del concejal caraqueño quedará probablemente como una de las pruebas más fehacientes del desprecio que hay hacia la vida y la inexistencia de cualquier forma de justicia, puesto que por su naturaleza los ediles son los funcionarios públicos más cercanos a la ciudadanía, afectados por los mismos problemas de la cotidianidad, y actuando como puente entre las autoridades y los individuos ávidos de encontrar solución a sus necesidades.

El concejal asesinado era un hombre de amplias condiciones públicas enfocadas en el servicio colectivo, a la par de haber sido un ciudadano con una relevante formación ideológica y una clara propuesta política. Pese a lo turbulento de los años, podía vanagloriarse de contar con el afecto de buena parte de la sociedad caraqueña, que le aplaudía su compromiso político y su intelectualidad al servicio de la justicia.

Su asesinato se transforma en una bofetada a los que sirven a la causa de la democracia y luchan contra la corrupción y el autoritarismo. Por eso, el homenaje póstumo a su memoria y los anhelos por recordarlo como uno de los mejores integrantes del concejo municipal de Caracas, por su integridad, su ímpetu y la forma convencida con la que abogó por un mejor país incluso después de su muerte, que lo colocan en la posteridad como uno de los luchadores más fuertes contra el sistema imperante.

El asesinato del concejal Enrique Chaumer en las calles de Caracas en 1909 convulsionó a la ciudad. Aunque algunos medios silenciaron el asunto, todo estaba enmarcado en las denuncias e investigaciones que el edil hacía contra Eleuterio García –pariente lejano de Juan Vicente Gómez-, quien en su ejercicio como administrador de rentas municipales, había cometido irregularidades. El imputado, ofendido por la actitud del edil, asesinó a Chaumer, tal vez sin darse cuenta de que lo convertía en ejemplo y leyenda.

Andrés Eloy Blanco, en un sentido homenaje hecho en 1937, manifestaba que los hombres se mueven entre dos grandes corrientes: la de resolver todo con la fuerza de la idea, y la de solucionar todo con la idea de la fuerza. Por eso 109 años después de su asesinato, la memoria de Enrique Chaumer es un canto a la libertad y su estampa es el digno y gallardo ejemplo del servicio público, pues cumplió a cabalidad su función de servir a la ciudadanía, mientras servía a la democracia, ofrendando su vida para ello.

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