Más que aislar, ¡integrar!

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A partir del 9 de febrero de 1946 la Organización de Naciones Unidas (ONU) inició un camino, que culminó en diciembre del mismo año con una resolución que excluía a España de todos los organismos del sistema multilateral, además de que proponía un proceso en el que se distanciara a la lúgubre dictadura de Franco de cualquier vinculación internacional. Al final del año, se aprobó la ruta que dejó a España a la deriva, con pocos vínculos diplomáticos y cuestionada.

La medida tomada y defendida, terminó siendo pobre y contraproducente, pues llevó a que los embajadores abandonaran el territorio español, sin poder hacer la vigilancia requerida y dejando además el camino libre para que el tirano y sus acólitos se adueñaran de un país empobrecido, famélico y temeroso, en el que una cruda censura de prensa tergiversaba la realidad.

A los años la medida fue levantada, no porque se hubiese aceptado la naturaleza de la tiranía que mancillaba la dignidad desde 1939, sino porque no tuvo ningún efecto real al mantenerse una vinculación intensa entre España y varios Estados, a nivel de encargadurías de negocios, además de que no logró conseguir el anhelado cambio de régimen, pues contrario a promover una transición, la dictadura tenía un argumento en el cual justificar su fracaso y la represión.

Al final, pudieron más las razones estratégicas de la guerra fría y la posición geográfica de España, que las voces dignas que señalaban lo patético y cruel del franquismo, por lo que en 1950 se levantó el aislamiento y poco a poco el país fue integrándose a la comunidad internacional, mientras fue gobernado muchos años más por la bota cruel de un individuo que se vendía como una deidad y que escondía en el discurso del orden y la estabilidad una funesta tiranía personalista.

La gran lección del momento es que pese a haberse impulsado con las mejores intenciones, la medida no fue efectiva, pues dejó que la dictadura hiciera lo que quiso sin ningún tipo de vigilancia crítica. Por eso, frente a una tiranía, más que aislamientos hay que provocar una supervisión exhaustiva por parte de la comunidad internacional, pues si a algo le temen los tiranos -y los aspirantes a serlo- es a los ojos vivos de las delegaciones diplomáticas que tomarán nota de todos los abusos, a los fines de que, al florecer la libertad, los desmanes por ellas anotados, ayudarán a engordar el expediente de la justicia necesaria.

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