Lo que esconde un sincericidio

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No es fácil cuestionar los sincericidios cuando se es precursor de la verdad. La honestidad, ciertamente es un valor que potencia las relaciones interpersonales. Fortalece los vínculos y facilita la comunicación entre las personas. Pero, el ser honestos y auténticos ha derivado en una forma de ser que desvirtúa el propósito de la honestidad: los sincericidas.

Se trata de una linda fachada que esconde la intención de lastimar o dañar al otro con el pretexto de ser honestos. A menudo escuchamos personas que dicen “yo digo lo que pienso”, “soy así”, o “no tengo filtro” y desde ese lugar se plantan a decir su verdad sin pensar en lo que generan en el otro. Es este un uso de nuestro lenguaje irresponsable e inconsciente. Es expresarnos sin darnos cuenta de que nuestro lenguaje genera realidades tanto en nuestro mundo como en el de los demás. Cada palabra que decimos puede abrir o cerrar posibilidades. Podemos sanar o herir; reparar o dañar. ¿Qué te gustaría hacer a ti cada vez que hablas?

Alguna vez te has preguntado, previo a un sincericidio, ¿cuál es el propósito de expresar esto? ¿O para qué decir lo que estoy a punto de decir? Puede ser complejo anticiparse a un sincericidio, porque una vez que entramos en el impulso, este podría salir disparado como flecha directo al otro. Pero si ni siquiera entramos en el espacio de reflexión, posterior a lo que hacemos, si no paramos a pensar en el daño que le causamos a la otra persona con lo que hemos dicho, entonces no habrá forma de parar de hacerlo en el futuro.

El sincericidio puede causar un daño irreparable en todo tipo de relaciones. Genera distancia entre el emisor y el receptor. Puede ser considerado como una burla. Suele ser alabado por parte de quienes son espectadores, no de quien lo recibe como un ataque. Además el sincericidio es un acto plenamente irresponsable cuando se trata de confesar un engaño o infidelidad. Porque pretende liberar de toda responsabilidad o carga emocional que pueda tener quien haya cometido la falta, y deja en manos de su receptor el asumir una posición ante la acción del otro.

Creo además que acuñar la palabra “sincericidio” a ser honesto es toda una contradicción. Tomemos en cuenta que el sufijo “cido” (cida) proviene del latín muerte. Por lo que un homicida es quien mata a una persona, un genocida es aquel que mata a un grupo de personas. Dado este origen, el sincericida debe  ser considerado aquel que da muerte a la sinceridad. Pero en este caso es todo lo contrario: el sincericida pretende matar a la mentira. Sin embargo, en la práctica daña, hiere, lastima (por no decir que mata) con su verdad.

Y tú, ¿ya pensaste para qué vas a decir eso que vas a decir?

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