Lejanas cercanías

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Hace 80 años, a bordo del barco Sinaia, llegó a México un grupo de más de 1500 exiliados españoles que tuvieron que dejar su país ante la guerra y el temor de lo que podía venir. Al desembarcar, atrás quedó el mar, que cual horizonte de incertidumbre se había abierto para que hicieran la travesía desde los campos de refugiados en Francia hasta un país en el que el presidente Lázaro Cárdenas -con su verbo de lucha y su sueño de justicia- les abría las puertas.

En España la guerra parecía estar definida y las huestes del franquismo concretaban su perverso deseo de hacerse con el poder. La República, ese hermoso anhelo de esperanza, igualdad y libertad, sucumbía de manera drástica ante la realidad y se desmoronaba frente a sus propias contradicciones, y a las torpezas en el manejo de los asuntos sustanciales.

Quienes recuerdan aquella travesía hacia México coinciden en que siempre fue una incertidumbre el tiempo en el que iban a estar y la forma en que dejaban sus vidas, sus recuerdos y sus familias para emprender un rumbo desconocido, en un país que, aunque les abría las puertas de una forma al menos formalmente amistosa, no era la tierra de ellos, por lo que el proceso de inserción era difícil.

Pero más allá de eso, otro tema que les generaba angustia era ver –mientras el tiempo transcurría- como la comunidad internacional poco a poco los iba dejando de lado, a medida que la presión interna disminuía, y entonces, la caída de Franco no era más que una ilusión que quedaba a merced del destino y que simplemente había que dejar de buscar. Evidentemente, esa entrega a los brazos de la providencia, provocó que la pesadilla española se extendiera durante décadas y muchos de los que partieron rumbo a México no volvieran a respirar el aire de su España natal.

Es vital y ahí estriba la enseñanza de este caso, que en escenarios complejos para la democracia y las libertades tienen que mantenerse las estructuras que permitan vislumbrar mejores escenarios. Hablar claro y con sustento es prioritario para que la comunidad internacional no cese en su empeño para presionar salidas democráticas factibles y poco dolorosas, con miras a que a lo interno del país se entienda que la presión consciente es elemento fundamental para alcanzar el amanecer.

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