Historias de la lucha en Nicaragua

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Relatos

“Recuerdo que el 19 de Julio de 1979, yo, de ocho años, corría por la calle de mi casa mientras todos los vecinos conversaban en la acera sobre el triunfo de la revolución popular sandinista, al mismo tiempo que la plaza de la catedral terremoteada se repletaba de los miles de guerrilleros héroes de esa gesta gloriosa.

Recuerdo la mañana del 26 de Febrero de 1990, yo de 18 años, doña Nubia golpeando la puerta de nuestra habitación gritando que habíamos ganado las elecciones -en las que Daniel Ortega y el Frente Sandinista de Liberación Nacional entregaban el poder-, después de una década que había desangrado al país dejando un saldo de más de 50 mil, 60 mil o 70 mil muertos. Mi país ya estaba harto del bloqueo económico, del servicio militar obligatorio y de la guerra.

Recuerdo el 5 de Noviembre del 2006, yo de 35 años, resistiéndome a aceptar que Daniel Ortega sería otra vez el presidente del país a pesar de haber ganado con solo el 36% de los votos.

Y recuerdo el miércoles 18 de Abril del 2018, el día que empezó la insurrección que quiere botar a Ortega, yo ya tengo 46 años. Mientras ese día yo esperaba en el semáforo de la Plaza Alexis Argüello se me acercó un muchacho limpia-vidrios como de 25 años, le dije que no pero él me hizo gestos con la mano pidiéndome algo de comer, era de mañana y le di un paquete de galletas de soda, me dio las gracias y se retiró. En segundos lo rodearon otros 4 muchachos y él empezó a repartir los trozos de galletas. Observé esa escena que estaba llena de identidad de grupo, de solidaridad y de hambre, como un preámbulo de lo que en horas sucedería en mi país. Sin embargo, este era un día normal, fui a la Universidad UCA a buscar información para una maestría y en la noche me fui al teatro con la familia, pero cuando bajábamos por Camino de Oriente vi a los antimotines acorralando a los muchachos manifestantes y nosotros desde el vehículo sonamos nuestras bocinas y bajamos las ventanas para expresarles apoyo”.

Nunca supe cuánto amaba a mi país hasta que lo vi triturado

“Nos congregamos de forma espontánea frente a Café Las Flores en el Km 4 de Carretera a Masaya el viernes 20 de abril. Eran aproximadamente las 3 de la tarde, llegamos a reunirnos de forma auto-convocada unas 3 mil personas. El ambiente era de respeto y de solidaridad, recitábamos consignas, deteníamos el tráfico por minutos y luego los dejábamos circular. Los vehículos sonaban sus bocinas en acto de solidaridad. El grupo empezó a caminar rumbo a la Universidad de Ingeniería UNI, ese día este recinto estaba tomado por los estudiantes. Ya habían sido atacados y la policía ya había matado a los primeros tres estudiantes. Caminamos sin problema hasta que llegamos a la Plaza Alexis Argüello. En ese punto nos encontramos a un grupo como de 200 personas que laboran para el gobierno, estaban tendidos a lo largo de la acera, solamente nos veían pasar. Del otro lado de la calle estaban algunos policías observando.

Cuando cruzábamos de la intersección salieron al menos dos camionetas con antimotines en las tinas, armados. Avanzaron hasta la parte delantera de la marcha y desde ahí empezaron a disparar bombas aturdidoras. El grupo se dispersó buscando protección en el hotel Hilton y entrando en el Reparto Colonial Los Robles. Yo preferí buscar refugio en el reparto y cuando corría vi como el grupo progobierno subía a los buses que los trasladaban. Aunque no se reportó ningún muerto ni herido en esta marcha, cuando corrí logré escuchar el sonido de disparos que parecían de balas. Esta fue la primer marcha efectuada en Managua después de ocho años de represión”.

La celebración colectiva

“El 26 de mayo supimos que iban a bajar el chayopalo (los árboles decorativos hechos de metal y con luces, interpretados como símbolo del dominio orteguista) frente al restaurante Fridays. No había visto caer ninguno en vivo, veníamos de la manifestación por Metrocentro, entonces nos apuramos y llegamos, me acerqué lo más que pude, una cuadrilla de cientos de muchachos usando sus pasamontañas amarraban las cuerdas y calculaban la dirección exacta donde debía caer, ajustaban las cuerdas, estas se soltaban, las volvían a ajustar y lo jalaban, el preparativo tomaba tiempo y mi adrenalina se elevaba, miles de persona esperábamos atentos la caída sabiendo que había peligro de ser atacados por las hordas salvajes del gobierno.

Empezaron a jalar la colosal estructura de metal color amarillo, ya apagada, que cayó en segundos, mi amiga y yo salimos desaforadas a subirnos encima del cadáver, un desconocido me dio la mano y sin soltarlo saltamos juntos sobre las bujías por un rato que se me hizo eterno, me tambaleaba, los gritos de celebración, los pitos agudos, el hombre que desmantelaba los cables eléctricos, de repente me vi desenroscando las luces con las miles de personas al lado, entre empujones y cantos del himno nacional, y yo me reía y cantaba y lloraba. Acababa de participar en un acto colectivo de vandalismo y destrucción, pero yo estaba solemnemente feliz”.

Para más relatos de esta autora visite su blog Mujer Urbana.

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