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Hasta nunca Mugabe

Mugabe terminó desplazado por la gente que hasta horas antes le aseguraban fidelidad

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Lo que hasta hace décadas era algo improbable, en cuestión de días se concretó. Robert Gabriel Mugabe, el tirano que durante años administró Zimbabwe como si fuera su propiedad, fue depuesto en una trama que involucró al Parlamento, a su entorno particular y al ejército.

Las apetencias y la codicia del nonagenario dirigente fueron las razones que propiciaron su salida al tratar de imponer como sucesora a su joven esposa, una mujer acusada de corrupción y vista como una grotesca derrochadora, en un país en el que el hambre, la miseria y el SIDA campean libremente.

El que otrora fue el granero de África quedó convertido en un desolado país que en medio del aislamiento se movía por las absurdas determinaciones de un Presidente que repentinamente decidía, por ejemplo, quitar las propiedades a los blancos y luego castigaba a los atletas olímpicos por su falta de patriotismo al no obtener medallas.

Cuando la oposición se unió y la comunidad internacional reaccionó a principios de siglo, Mugabe tuvo que negociar y dar muestras de amplitud, pero al poco tiempo radicalizó sus posturas y se afianzó en el poder, mandando con derroche mientras gran parte de la población moría y trataba de escapar.

Pero hasta esas vergonzosas dictaduras colapsan y llegan a su final. Mugabe terminó desplazado por la gente que hasta horas antes le aseguraban fidelidad y será sustituido por una figura, tan polémica como él, que ha ofrecido cambios. Final merecido, aunque algo tarde, para un ser que prefirió destruir a su país con tal de perpetuarse.

luis.daniel.alvarez.v@gmail.com

@luisdalvarezva

 

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