Hacia una economía de la felicidad

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“He cometido el peor pecado que uno puede cometer. No he sido feliz”
Jorge Luis Borges (1899-1986) Escritor argentino.

Hace algunos días participé en la conferencia sobre el libro Economía de la Felicidad de Josep M. Coll y Xavier Ferrás, evento organizado por el Observatorio de Políticas Sociales y Desarrollo de la Vicepresidencia de la República.

Me parece un tema de gran importancia a reflexionar, por el elemento cuestionador del desarrollo económico centrado exclusivamente en el crecimiento de la economía y que en muchos casos no tiene a la persona como elemento central en las políticas públicas.

En el ámbito de la teoría económica, un mayor crecimiento de la economía de un país refleja necesariamente un aumento del bienestar material y por ende un incremento en la felicidad experimentada por los individuos. Sin embargo, este esquema ha comenzado a cambiar o al menos a contemplar otras perspectivas, a partir del surgimiento de lo que se ha considerado Economía de la Felicidad.

Es interesante el aporte que hace la ciencia económica en torno a la Economía de la Felicidad, al plantear la formulación de las políticas públicas desde otra óptica, para que las mismas se dirijan hacia el logro de este objetivo humano fundamental, rompiendo con un paradigma enfocado en la generación de ingreso y el desarrollo económico.

Han tenido que pasar muchos años para que la disciplina económica hiciera un esfuerzo por investigar la felicidad en los países, y por reconocer que la felicidad no debe ser medida solo y exclusivamente por las ganancias.

La investigación muestra que es un gran error confundir ingreso con la felicidad. Si bien puede contribuir a alcanzarla, nada garantiza que un mayor ingreso venga acompañado de mayor felicidad. De igual forma, un alto ingreso no implica necesariamente mayor felicidad, así como un bajo ingreso no implica infelicidad. Quizás la mejor manera de abordar la confusión es reconociendo que los seres humanos son mucho más que meros consumidores y que, por lo tanto, su felicidad no depende solo de su poder de compra.

Se destaca que necesitamos construir un nuevo paradigma centrado en una nueva educación, basada en la libertad y el desarrollo de capacidades.

En lo que respecta a las políticas gubernamentales, esta teoría sugiere que, una vez que las necesidades primarias están cubiertas, las medidas políticas deberían centrarse en aumentar la satisfacción de los individuos, actuando sobre la Felicidad Interna Bruta, y no en el crecimiento económico, medido por el Producto Interno Bruto.

La cuestión es ¿cómo alcanzar la felicidad en un mundo que se caracteriza por la rápida urbanización, los medios de comunicación de masas, el capitalismo global y la degradación ambiental? ¿De qué manera puede reordenarse nuestra vida económica para volver a crear una sensación de comunidad, confianza y sostenibilidad?

La felicidad se logra a través de una estrategia equilibrada frente a la vida por parte tanto de los individuos como de las sociedades. Como individuos, no somos felices si se nos niegan nuestras necesidades elementales, cuando la gente tiene hambre, cuando carece de servicios básicos como agua potable, atención médica y educación, y no tiene un empleo digno. Pero tampoco somos felices si la búsqueda de mayores ingresos reemplaza nuestra dedicación a la familia, los amigos, la comunidad. Como sociedad, una cosa es organizar las políticas económicas para que los niveles de vida aumenten y otra muy distinta es subordinar todos los valores de la sociedad a la búsqueda de ganancias. El desarrollo económico que alivia la pobreza es un paso vital para fomentar la felicidad.

Indiscutiblemente que este es un gran desafío el que tenemos por delante. Mientras tanto recordemos al filósofo inglés John Locke (1632-1704): “Los hombres olvidan siempre que la felicidad humana es una disposición de la mente y no una condición de las circunstancias”.

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