Él quiso ser bombero

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Uno de los éxitos más notables de los prominentes Alberto Cortez y Facundo Cabral fue la canción Yo quiero ser bombero, en la que se narra de manera pormenorizada la vida de una persona a la cual, no sólo su familia sino el destino, se anteponen a sus ilusiones y le planifican una vida alejada de sus ideas y sueños que se expresaban en una frase que repetía constantemente: bombero, bombero, yo quiero ser bombero.

Con la voz de los juglares argentinos, continúa la historia del niño, quien para su mamá sería doctor, mientras que su padre vislumbraba que sería ingeniero. Sus tías lo veían como un potencial hombre de la banca -un seductor de los negocios- mientras la abuela, tal vez amparada en la sabiduría popular, notaba que con tal de que su nieto aprendiera un oficio que le permitiera ganarse la vida, era suficiente. Mientras tanto, el abuelo añoraba que su nieto fuese militar.

A medida que el niño crecía, el recuerdo de ser bombero iba quedando como una añoranza inocente y su vida lo llevaba a convertirse en un importante abogado, que al cabo de un tiempo tenía una familia a la cual criar y en la que se iniciaba nuevamente el ciclo de la vida. Él también vería para sus hijos un futuro, tal vez proyectando sus anhelos, sin saber que el destino, ese que está escrito de forma recta en renglones curvos, puede tener reservada otra historia, pese a que la voluntad sea ser bombero.

Recientemente conoció el país una cara lúgubre en la que varios niños fallecieron por falta de trasplantes y de medicinas. Esa bofetada indigna que demuestra el rostro más indiferente y cruel de una nación, sólo es superada por la actitud indolente que se evidencia al invertir cuantiosas sumas de dinero en armamento y pertrechos castrenses, mientras prolifera el falso discurso de justificar el dolor en unas sanciones que son tan recientes, que su incidencia es insignificante en el rastro de desolación que viene ocurriendo.

La madre de uno de los niños que perdió la vida esperando atención, dijo a los medios de comunicación que su niño soñaba con ser bombero. Los querubines que se marcharon pasan a llenar ese cielo donde los angelitos de distintos colores y sueños comparten y sonríen, tal como lo dijo Andrés Eloy Blanco. Desde el infinito verán como el dolor se cierne sobre su familia y sobre el país, porque en el caso de uno de ellos, no fue bombero, no porque haya decidido otra opción, sino que simplemente la soberbia, el orgullo, la corrupción y el caos se lo impidieron. ¿Seguir luchando? Evidentemente, por un futuro en el que los niños vivan y cumplan sus deseos, vale la pena.

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