El final de los tiranos

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Hay países que con el transcurrir de los años se convierten en pesadillas y en los que vivir es, sin lugar a dudas, un ejercicio de valentía y crudeza. En estos lugares se está a merced de que cualquier cosa ocurra, por más inverosímil que parezca, y pese al aislamiento que existe y a la poca difusión de información, hay un repudio generalizado que crece de manera permanente.

Estos Estados son catalogados como amenazas y sus mandatarios enfrentan sanciones de la comunidad internacional por corrupción, violaciones a los derechos humanos y por cercenar las garantías fundamentales, dejándolos únicamente reconocidos por un puñado de países cuyos regímenes son igual de turbios y miserables.

Los líderes de estas naciones están dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de mantenerse en el poder. No escatiman en reprimir con saña, crueldad y violencia a quienes les adversan, usan los medios para promocionar su figura, empobrecen a sus ciudadanos y algunos llegan inclusive al extremo de actuar de tal manera que provocan acciones que dejan como consecuencia la división de sus países. Todo esto va acompañado de una perpetuidad sustentada en elecciones totalmente amañadas y cuestionadas.

Después de 30 años gobernando Sudán, Omar Al Bashir renunció, luego de que las protestas aumentaran en los últimos días (empujadas por el ejemplo cívico argelino que cercó a Bouteflika), provocando que los sectores armados que respaldaban al tirano acusado de una cantidad de delitos le dieran la espalda, obligándolo a apartarse del poder y deteniéndolo.

Hasta hace unos días el tirano sudanés se burlaba por el poder que creía tener, llegando al extremo de visitar determinados lugares, pese a que sobre él existen órdenes de captura de la Corte Penal Internacional por las acciones en el conflicto de Darfur. Atrás quedó la soberbia con la que actuaba y la crueldad con la que se dirigía a sus adversarios, pues entrampado, sin tener a dónde ir, probablemente sepa que le espera una larga condena por su proceder y en medio del repudio que genera, notará lo insignificantes que son los hombres como él cuando se consiguen con sociedades decididas a transformar favorablemente la realidad.

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