El acoso sexual laboral

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El acoso laboral es una situación que afecta a mujeres y hombres dentro de las organizaciones laborales tanto privadas como públicas, desde la construcción de las sociedades del mundo. Sin embargo, ha sido padecida de forma más frecuente por las primeras, por su propia condición, el papel de subordinación que se espera de ellas en la sociedad y porque la relación de poder en sentido general está dominada por hombres.

Se suma a este cuadro la preexistencia de sociedades patriarcales y sexistas, que avalan esta conducta sin el reconocimiento de que la misma es lasciva, lastimosa y violatoria de derechos fundamentales, convirtiéndose en una barrera de las tantas que limitan a la mujer para ascender dentro de las empresas.

Para entender esta problemática empecemos por definir el acoso sexual laboral, que según la Organización Mundial del Comercio (OIT) es “cualquier conducta, física o verbal, de naturaleza sexual que tenga el propósito o produzca el efecto de atentar contra la dignidad de una persona, en particular cuando se crea un entorno laboral intimidatorio, degradante u ofensivo”.

En ese sentido, la OIT hace referencia a dos tipos de conducta: chantaje sexual o quid pro quo (algo a cambio de algo) y ambiente laboral hostil. La primera recoge la esencia del término que nos ocupa. Es aquella conducta ejercida por una persona de superior jerarquía, o cuyas decisiones puedan tener efectos sobre el empleo y las condiciones de trabajo de los trabajadores acosados.

Se pueden identificar como elementos constitutivos del acoso sexual laboral: los piropos degradantes que hacen alusión a partes del cuerpo de la mujer (como los labios, las caderas, las piernas, los glúteos), las insinuaciones que se dan con miradas intimidatorias y molestas, mensajes enviados de manera escrita y directa o a través de terceros, el roce intencional que llevan al acercamiento físico sin el debido consentimiento, las descalificaciones del trabajo realizado por quien ejerce la relación de poder, entre otras.

Todos estos elementos producen un clima laboral hostil para el rendimiento de las labores, y ocasionan efectos negativos en la productividad de las organizaciones, además de propiciar el padecimiento de enfermedades de tipo psicológico, que aumentan en la medida en que se van agudizando los mecanismos de presión.

En el caso de las mujeres, que son las más expuestas a padecer de este flagelo tan frecuente pero poco denunciado y atacado en la sociedad, es importante trabajar desde la familia, el Estado, los medios de comunicación y las organizaciones sociales en la construcción de la masculinidad y la feminidad bajo los principios de igualdad y no discriminación. Por ello se hace necesario tener normas claras que permitan delimitar los roles, tanto de los hombres como de las mujeres, dentro de los espacios de trabajo, y así propiciar la convivencia armoniosa y el respeto a los derechos fundamentales de los actores que intervienen en el desempeño laboral.

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